Homilías Dominicales Anteriores

Domingo 12 de enero de 2014
Bautismo de Jesucristo

Lecturas Bíblicas:
  • Isaías 42:1-9
  • Salmo 29
  • Hechos 10:34-43
  • Mateo 3: 13-17
    Jesús fue de Galilea al río Jordán, donde estaba Juan, para que éste lo bautizara.  Al principio Juan quería impedírselo, y le dijo:  
    Jesús le contestó: .
    Entonces Juan consintió.  En cuanto Jesús fue bautizado y salió delsgua, el cielo se abrió y vió que el Espíritu de Dios bajaba sobre él como una paloma.  Se oyó entonces una voz del cielo que decía: .

        Reflexión para la Homilía 
        Hoy cerramos el tiempo de Navidad celebrando el bautsmo de Jesús. Cada año lo hacemos así, como está establecido en el alendari litúrgico.  Lo interesante es que cada año encontramos novedadades al reflexionar sobre el tema del bautizo. Y esas novedades las aplicamos a nuestra vida para seguir creciendo como discípulos de Jesús.  El bautismo era, en tiempos de Jesús un ritual de purificación practicado en distintas formas y tiempos según la intención: sumergiéndose completamente en el agua, o mojándose la cabeza, o lavándose los brazos desde las manos hasta los codos, etc.  Había quienes se bautizaban o se purificaban varias veces en su vida, y otros incluso se bautizaban más de una vez al día para mantenerse limpios ante Dios.
        Para bautizar a sus seguidores, Juan elige hacerlo usando las aguas del río Jordán, el mismo que los israelitas habían tenido que cruzar para llegar a la tierra que Dios les había prometido.   Esto es símbolo de un nuevo comienzo en la historia de la humanidad, pues Juan, a través de su bautizo anuncia y prepara a la gente para seguir a Jesús, el nuevo líder que les conducirá a la nueva tierra que el mismo Jesús va a identificar como el Reino de Dios.  Siendo quien era Jesús no necesitaba ser bautizado, por eso la exrañeza y la oposición de Juan.  Pero Jesús, Dios encarnado en la humanidad, quiso solidarizarse con los discípulos de Juan y con toda aquella persona que esté dispuesta a purificarse para comenzar una vida nueva.   Jesús, por su parte, no bautizó a nadie con agua, pero sí con el Espíritu Santo, y al concluir su misión dio a los apóstoles la instrucción de bautizar a quienes creyeran en él.   Desde entonces la iglesia celebra el sacramento del bautismo en nombre de la trinidad divina, y lo hace una sola vez en la vida para cada persona, pues Jesús nos purifica permanentemente y nos hace capaces de presentarnos limpios ante su Padre Dios.
        El bautismo de Jesús nos recuerda nuestro propio bautizo.  Por el bautismo no sólo fuimos purificados, también fuimos reconocidos como hijos de Dios, de modo que a cada uno de nosotros también nos dice Dios: , porque Jesús nos enseñó que Dios es nuestro Padre.   Desde el día de nuestro bautismo, tenemos ante Dios una identidad especial, pues fuimos elegidos por él para ser parte de la familia de Jesús, la iglesia, la comunidad cristiana.   Desde ese día también, somos con Jesús, protagonistas de la restauración del mundo y de la humanidad, por lo mismo fuimos elegidos por Dios para continuar lo que Jesús comenzó, de modo que si vivimos de acuerdo con esa elección estamos reflejando en nuestra vida el pensamiento, las palabras y las acciones de Jesús.

        Bendiciones para todos.


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        Domingo 5 de enero de 2014
        Epifanía o Manifestación Universal de Jesucristo

        Lecturas Bíblicas:
        • Isaías 60: 1-6
        • Salmo 72
        • Efesios 3: 1-12
        • Mateo 2: 1-12

          Jesús nació en Belén, un pueblo de la región de Judea, en el tiempo en que Herodes era rey del país. Llegaron por entonces a Jerusalén unos sabios del Oriente que se dedicaban al estudio de las estrellas, y preguntaron: —¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos salir su estrella y hemos venido a adorarlo.

          El rey Herodes se inquietó mucho al oír esto, y lo mismo les pasó a todos los habitantes de Jerusalén. Mandó el rey llamar a todos los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley y les preguntó dónde había de nacer el Mesías. Ellos le dijeron: —En Belén de Judea; porque así lo escribió el profeta:
          “En cuanto a ti, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre las principales ciudades de esa tierra; porque de ti saldrá un gobernante que guiará a mi pueblo Israel.”
          Entonces Herodes llamó en secreto a los sabios, y se informó por ellos del tiempo exacto en que había aparecido la estrella. Luego los mandó a Belén, y les dijo: —Vayan allá, y averigüen todo lo que puedan acerca de ese niño; y cuando lo encuentren, avísenme, para que yo también vaya a rendirle homenaje.
          Con estas indicaciones del rey, los sabios se fueron. Y la estrella que habían visto salir iba delante de ellos, hasta que por fin se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño. Cuando los sabios vieron la estrella, se alegraron mucho. Luego entraron en la casa, y vieron al niño con María, su madre; y arrodillándose le rindieron homenaje. Abrieron sus cofres y le ofrecieron oro, incienso y mirra. Después, advertidos en sueños de que no debían volver a donde estaba Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.

              Reflexión para la Homilía 
              Todavía estamos en ambiente navideño, al menos litúrgicamente, es decir a nivel de celebración en la iglesia.  Y en este segundo domingo de Navidad nos adelantamos un día en el calendario para celebrar la Epifanía de nuestro Salvador Jesucristo.   ¿Qué significa eso?   La palabra griega epifanía significa manifestación.   Probablemente ustedes conocen o han conocido a alguna persona, hombres sobre todo, que se llaman así,  Epifanio.  Pues ese nombre significa manifestación.   En sentido bíblico y teológico, la epifanía es la manifestación de Dios en Jesús, pero ya no solamente al pueblo judío al que el mismo Jesús pertenece, sino que es una manifestación universal, general, es decir, a la vista de todos los pueblos, de todas las personas en este universo.

              Hasta la venida de Jesucristo, Dios encarnado en nuestra naturaleza humana, el pueblo judío seguía siendo el pueblo escogido por Dios para manifestarse o para darse a conocer.  De alguna forma, era un privilegio ser parte de un pueblo que se enorgullecía de ser un pueblo especial, preferido por Dios, elegido por Dios, protegido por Dios durante muchos siglos.   Pero cuando nace Jesús, aquella elección divina se amplía y se vuelve universal.  Todos los pueblos, todas las personas, todos los seres humanos son elegidos por Dios para El manifestarse a través de Jesucristo.

              Si en algo ayuda a entender esta elección y esta manifestación podríamos tomar en cuenta algunos ejemplos tomados del acontecer humano.   La libertad es indiscutiblemente uno de los más preciados derechos que tenemos como humanos.  Pero en tiempos anteriores a los nuestros, la  libertad no era un derecho universal, sino un privilegio de aquellos que habían nacido libres en grupos sociales donde tener esclavos era algo muy común y hasta justificable para la gente de aquellas épocas.  La esclavitud, en contraste con la libertad, marcaba profundas diferencias sociales y raciales, y se llegó a considerar al esclavo como mercancía y hasta carentes de dignidad humana y por lo mismo carentes de consideración espiritual y filiación divina.  Hasta que los grupos sociales fueron tomando conciencia y comenzaron a abolir la esclavitud concediendo a los antiguos esclavos los mismos derechos de cualquier persona.  La libertad entonces se convirtió en epifanía o manifestación para todos, ya no sólo para un segmento de la humanidad.

              En la misma línea de reflexión, la participación de la mujer en las sociedades tardó muchos siglos en abrirse paso.  La mujer fue discriminada, explotada y sometida por el hombre durante muchas generaciones.  Hasta que en el siglo pasado se comenzaron a dar las condiciones y oportunidades para que nos fuéramos acostumbrando a ver actuar mujeres en la política, en la economía, en la religión, etc.  La mujer dejó de estar encerrada en su casa cuidando a sus hijos, y pasó a ser más independiente y considerada capaz de desarrollarse al mismo nivel del hombre o aún a superarlo en muchos aspectos.  La igualdad entonces se convirtió en epifanía o manifestación para todas las mujeres, aun cuando todavía hay muchos hombres cuyo machismo les genera resistencia para aceptarlo.

              Pues Dios hizo lo mismo a partir de Jesús.  Abrió su elección a toda la humanidad.  Quiso que la salvación que comenzaba con Jesús no fuera privilegio de un pequeño pueblo, sino un don para toda aquella persona que igualmente se abra a esa elección divina y acepte esta epifanía.   El relato de hoy en el evangelio puede parecer muy tierno, si sólo lo relacionamos con nuestra tradición de celebrar el famoso “día de Reyes”.   Lo cierto es que ni es un relato tierno, ni es para celebrar a ningún rey humano, que dicho sea de paso, aquellos tres hombres no eran ni magos ni reyes sino sabios, hombres de ciencia que se dedicaban a estudiar los astros y de ese estudio confrontado con profecías conocidas en su tiempo, deducían que algún evento sumamente importante estaba ocurriendo en el mundo.    Pero este relato más bien encierra una gran novedad divina:  Dios nos elige a todos, Dios quiere que todos los seres humanos sean salvados por Jesús, Dios quiere que todo el mundo humano sea su pueblo escogido.  Dios quiere manifestarse a todos, es decir, quiere que no haya ninguna persona que no lo conozca a El y también quiere que todos los que ya lo hemos conocido o lo estamos conociendo, hagamos que aquellas personas que aún no lo conocen reciban esta epifanía por medio de nosotros.   Cuando hablo de los que no conocen a Dios no me refiero solamente a los no cristianos o no creyentes de cualquier religión.  Me refiero también a aquellos católicos, bautizados, e incluso confirmados, que aún no tienen la mínima idea de quién es Dios, quién es Jesús, quién es el Espíritu Santo.  No lo saben, porque no lo han experimentado, no lo buscan, no hablan con El, se quedaron únicamente con los conocimientos teóricos básicos del catecismo.  A ellos en primer lugar debemos facilitarles la epifanía de Jesucristo.

              Los sabios fueron guiados por una estrella, símbolo de luz, símbolo de iluminación símbolo de conocimiento.   Y allí donde se detuvo la estrella, allí donde iluminó su luz, allí encontraron a Jesús.   Cada uno de nosotros es una estrella para los demás.  Ellos nos ven, y donde estamos, debemos iluminar, orientar.  Y donde nos vean, deben encontrar a Jesús.  Si todo lo que pensamos, decimos y hacemos, coincide con los criterios de Jesús, entonces somos estrella, podemos iluminar, y haremos que otros puedan tener su epifanía.


              Un detalle importante en este relato, es la mención de María, la madre de Jesús.  Los sabios no encontraron a Jesús solo, sino con su madre.  Nosotros, que somos estrella, que estamos llamados a reflejar la presencia de Jesús en nuestras vidas, también contamos con la compañía y el cuidado de María, madre espiritual de todos los que vivimos agradecidos y comprometidos con Dios por habernos elegido para ser miembros de su pueblo.


              Bendiciones para todos.


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              Domingo 1 de diciembre de 2013
              Primer Domingo de Adviento

              Lecturas Bíblicas:
              • Isaías 2:1-5
              • Salmo 122
              • Romanos 13: 11-14
              • Mateo 24: 36-44

                  Jesús dijo a sus discípulos: «En cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni aun los ángeles del cielo, ni el Hijo. Solamente lo sabe el Padre.
                  »Como sucedió en tiempos de Noé, así sucederá también cuando regrese el Hijo del hombre. En aquellos tiempos antes del diluvio, y hasta el día en que Noé entró en la barca, la gente comía y bebía y se casaba. Pero cuando menos lo esperaban, vino el diluvio y se los llevó a todos. Así sucederá también cuando regrese el Hijo del hombre. En aquel momento, de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado. De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra será dejada.

                  »Manténganse ustedes despiertos, porque no saben qué día va a venir su Señor. Pero sepan esto, que si el dueño de una casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, se mantendría despierto y no dejaría que nadie se metiera en su casa a robar. Por eso, ustedes también estén preparados; porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen.»

                  Reflexión para la Homilía 

                  Hoy comenzamos el tiempo litúrgico llamado Adviento.  Son cuatro semanas durante las cuales las lecturas bíblicas nos motivarán a prepararnos para la venida de Jesucristo, el Hijo de Dios.  Esta “venida” podemos entenderla de dos maneras:  la primera, como la celebración anual del nacimiento físico de Jesús en la tierra; y la segunda, como el retorno definitivo del mismo Jesús para restaurar toda la creación y para conducirnos de vuelta hacia Dios Padre.

                  La primera venida de Jesús es fácil de entender porque cada año la celebramos en la fiesta llamada Navidad.  Cuando llegue el momento, es decir, dentro de cuatro semanas, haremos una reflexión apropiada a ese gran acontecimiento ocurrido hace más de dos mil años.  En cambio la segunda venida de Jesús tiene una cierta dificultad para ser entendida, pues se han dado diversas interpretaciones al respecto.   Hay quienes enseñan que Jesús vendrá físicamente y de repente, desde el cielo, sin avisar, y raptará o se llevará con él a los que encuentre merecedores, mientras que los demás se quedarán por un tiempo aquí llenos de dolor y sufrimiento, esperando el día del juicio en el que será definitivamente condenados al infierno, mientras que aquellos que fueron raptados serán premiados con el gozo eterno del cielo.   Otros enseñan que el día que regrese Jesús será el mismo día en que se acabe el mundo material.  Otros hasta se han atrevido a ponerle fecha de regreso, aunque han tenido que cambiarla varias veces “por error de cálculo”.   Lo cierto es que ya desde san Pablo, muchos cristianos pensaban que Jesús volvería pronto, y que incluso muchos de ellos estarían vivos para cuando eso sucediera.

                  Las interpretaciones son diversas.   Nosotros, cuando recitamos el credo en la misa, decimos que Jesús “… de nuevo vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin”.   No decimos que vendrá físicamente, ni que se llevará a unos y dejará a otros.  Afirmamos que vendrá, no sabemos cuándo, ni sabemos en qué circunstancias.  Pero tomando en cuenta que cuando vino la primera vez lo hizo de una forma sencilla, callada, en forma de niño, sin dar espectáculo, con humildad, podemos pensar que su segunda venida también será discreta.   Que vendrá con gloria no necesariamente significa que su regreso será aparatoso, pues Dios suele manifestarse en la calma, en la serenidad, en la brisa suave, en donde menos lo esperamos.   Que vendrá a juzgar a vivos y muertos, nos hace pensar que cada uno de nosotros, llegado el momento, se presentará ante El para dar cuenta de la propia vida.  Y la afirmación más importante de ese segmento del credo es que su reino no tendrá fin, es decir, ya no habrá más sufrimiento, ni más muerte, ni más dolor, ni más limitaciones.   Jesús restaurará toda la creación, y hará que el ser humano vuelva a ser como al principio de la creación.


                  Resumiendo, la segunda venida de Jesús no hay que esperarla como un día fatal en que se nos van a venir encima los planetas y las estrellas.  La segunda venida de Jesús ocurre desde el día en que El resucitó glorioso de entre los muertos.  La segunda venida de Jesús ocurre cuando un niño es bautizado y es declarado hijo de Dios.  La segunda venida no es una secuencia de momentos, sino una continua venida de Jesús a los corazones y a las mentes de aquellas personas que estén dispuestas a vivir la vida de acuerdo con los valores que enseñó Jesús.  La segunda venida de Jesús se da cada vez que participamos en la Eucaristía y él se hace presente en la forma de pan y vino.  La segunda venida de Jesús se da en el trance de la muerte a la vida que cada uno de nosotros deberá enfrentar por razón de la naturaleza humana.

                  El tiempo de adviento es precisamente tiempo de preparación para esas segundas venidas de Jesús, quien siempre está viniendo, tocando nuestra puerta, pidiendo que le dejemos guiar nuestra vida, mostrándonos el modo correcto de regresar a Dios, provocando en nosotros el deseo de ser restaurados y de vivir felices sin límites y para siempre.


                  Bendiciones para todos.


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                  Domingo 17 de noviembre de 2013
                  26o. después de Pentecostés

                  Lecturas Bíblicas:
                  • Malaquías 4: 1-2ª
                  • Salmo 98
                  • 2 Tesalonicenses 3: 6-13
                  • Lucas 21: 5-19
                    Algunos estaban hablando del templo, de la belleza de sus piedras y de las ofrendas votivas que lo adornaban. Jesús dijo: -Vendrán días en que de todo esto que ustedes están viendo no quedará ni una piedra sobre otra. Todo será destruido. 
                    Entonces le preguntaron: -Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto? ¿Cuál será la señal de que estas cosas ya están a punto de suceder? 
                    Jesús contestó: -Tengan cuidado para no dejarse engañar. Porque vendrán muchos haciéndose pasar por mí. Dirán: "Yo soy", y "Ahora es el tiempo." Pero ustedes no los sigan. Y cuando tengan noticias de guerras y revoluciones, no se asusten, pues esto tiene que ocurrir primero; sin embargo, aún no habrá llegado el fin. 
                    Siguió diciéndoles: -Una nación peleará contra otra y un país hará guerra contra otro. Habrá grandes terremotos, y hambres y enfermedades en diferentes lugares, y en el cielo se verán cosas espantosas y grandes señales. 
                    »Pero antes de esto, a ustedes les echarán mano y los perseguirán. Los llevarán a juzgar en las sinagogas, los meterán en la cárcel y los presentarán ante reyes y gobernadores por causa mía. Así tendrán oportunidad de dar testimonio de mí. Háganse el propósito de no preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras tan llenas de sabiduría que ninguno de sus enemigos podrá resistirlos ni contradecirlos en nada. Pero ustedes serán traicionados incluso por sus padres, sus hermanos, sus parientes y sus amigos. A algunos de ustedes los matarán, y todo el mundo los odiará por causa mía; pero no se perderá ni un cabello de su cabeza. ¡Manténganse firmes, para poder salvarse!

                    Reflexión para la Homilía 

                    Esta es la segunda semana en la que reflexionamos sobre el tema de la escatología, es decir, sobre lo que la fe cristiana enseña sobre el final de la historia humana.  El domingo pasado afirmamos que la vida humana no termina con la muerte física, sino que resucitaremos, seguiremos viviendo en una dimensión superior, espiritual, donde ya no habrá muerte, ni dolor, ni sufrimiento, sino solamente felicidad, plena y duradera, junto a Dios, en Dios mismo.

                    Siempre que leemos textos de la Biblia que hablan de los últimos tiempos, tenemos la tentación de pensar en el famoso fin del mundo;  pero la comprensión adecuada va por otro camino, que es el de recordarnos que hemos venido de Dios, vivimos para Dios y volveremos a Dios.  Ese proceso es un regalo de Dios, que conlleva por supuesto una responsabilidad y trae como consecuencia una vida inmortal feliz o infeliz, según hallamos realizado nuestra vida presente.

                    Nuestra vida física está sujeta a muchos condicionamientos y circunstancias.  Parte de esas circunstancias son los acontecimientos que afectan para bien o para mal a mucha gente al mismo tiempo.  La noticia terrible de esta semana ha sido la destrucción que causó el tifón Hayan en Filipinas, matando a unas cinco mil personas y dejando en muy mala situación a muchas más.  Por un lado, duele el sufrimiento de tantas personas, y por otra, consuela la solidaridad que están recibiendo.   Todos los días, los noticieros nos dan más malas que buenas noticias:  guerras, desastres naturales, corrupción, secuestros, violaciones, niños abusados, violencia doméstica, epidemias, enfermedades raras, hambrunas, etc.   En realidad, esas situaciones no son nuevas, pero ahora oímos hablar de ellas con más frecuencia debido a los avances de la tecnología de la comunicación.  El mal siempre ha estado presente en la convivencia humana.  Que esas cosas ocurran no significa que el mundo se esté acabando, aunque sí hay que estar consciente de que los malos cuidados que hemos dado al planeta nos afectan a todos en todo el mundo y de una manera preocupante.

                    Pero ante esto Jesús nos pone en alerta respecto a aquellas personas que, queriendo o no, puedan confundir nuestro espíritu y generar en nosotros ideas y actitudes equivocadas.   Lamentablemente, aun después de varias experiencias fallidas de anuncios del fin del mundo, todavía hay personas e iglesias cristianas empeñadas en proclamar el fin del mundo como si fuera el centro de la predicación de Jesús, cuando ese centro lo constituye más bien el Reino de Dios, como una realidad en la que Dios actúa transformando positivamente la realidad humana.   Ante la confusión que todo esto nos pueda causar, Jesús nos da un criterio:  “Manténganse firmes”.  Firme es aquello que se mantiene erguido, recto, sin doblarse hacia ningún lado.  Firme es lo sólido, lo fuerte, aquello de lo que cualquiera puede aferrarse para sentirse seguro.   Firme es lo que no es blando, mediocre, ambiguo.

                    Mantenerse firme es continuar viviendo con ánimo a pesar de la decepción que nos pueda causar el mundo en que vivimos.  Mantenerse firme es seguir confiando en el ser humano, aunque parezca que la mayoría de la gente es desleal.  Mantenerse firme es conservar la confianza en que Dios restaurará todas las cosas.   Mantenerse firme es desechar todo pesimismo que nos lleve a darnos por vencidos pensando que ya no hay nada ni nadie bueno en este mundo.  Mantenerse firme es vivir convencidos de que nosotros también colaboramos con Dios en la re-creación del mundo, de modo que en vez de sentarnos a esperar el fin del mundo, nos ponemos a buscar soluciones y alternativas para ir cambiando los ambientes negativos en positivos. 
                    Mantenerse firme también es conservar las propias convicciones y no ceder ante la presión de los demás que quieren inclinarnos hacia su modo equivocado de vivir.  Mantenerse firme es, en fin, estar dispuestos a ir en contra de la corriente con el objetivo de lograr cambios en el modo de vivir de los seres humanos.

                    Aquel templo que los discípulos de Jesús admiraban en Jerusalén fue destruido por los romanos en el año 70.  Jesús lo anunció, pero el énfasis de su anuncio está más bien en El mismo como templo que sería destrfuido en la crucifixión, pero que él mismo reconstruyó en el acontecimiento de la resurrección.

                    Una vez más, entonces, tenemos por delante una semana en la que cada día convendría que recordáramos nuestro origen espiritual, nuestra tarea física e histórica, y nuestro retorno a Diois en la resurrección.

                    Bendiciones para todos.


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                    Domingo 10 de noviembre de 2013
                    25o. después de Pentecostés

                    Lecturas Bíblicas:
                    • Job 19: 23-27
                    • Salmo 17: 1-9
                    • 2 Tesalonicenses 2: 1-5, 13-17
                    • Lucas 20: 27-38

                       Se acercaron a Jesús algunos saduceos. Esta gente niega que haya resurrección, y por eso le planteó esta cuestión:   «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si un hombre tiene esposa y muere sin dejar hijos, el hermano del difunto debe tomar a la viuda para darle un hijo, que tomará la sucesión del difunto.   Había, pues, siete hermanos. Se casó el primero y murió sin tener hijos.   El segundo y el tercero se casaron después con la viuda.   Y así los siete, pues todos murieron sin dejar hijos.   Finalmente murió también la mujer.   Si hay resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa esta mujer, puesto que los siete la tuvieron?» Jesús les respondió: «Los hombres y mujeres de este mundo se casan, pero los que sean juzgados dignos de entrar en el otro mundo y de resucitar de entre los muertos, ya no toman marido ni esposa. Además ya no pueden morir, sino que son como ángeles. Son también hijos de Dios, por haber nacido de la resurrección.   En cuanto a saber si los muertos resucitan, el mismo Moisés lo dio a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor: Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob.   El no es Dios de muertos, sino de vivos, y todos viven por él.

                      Reflexión para la Homilía 
                      Recordemos que los saduceos formaban parte de un grupo religioso dentro del judaísmo rabínico que entre otras creencias, negaba la inmortalidad del alma y por lo mismo afirmaba que los muertos no resucitan.  Sus opositores, los fariseos, afirmaban todo lo contrario.   Como no estaban de acuerdo con Jesús en el tema de la resurrección, el evangelio de hoy los presenta queriendo tenderle una trampa sobre la base de una supuesta viuda y sus 7 maridos infértiles, aunque parece más lógico que la infértil fuera ella.  La historia tiene su base legal en las ordenanzas del Antiguo Testamento, según las cuales había que salvar el honor y la herencia del hombre y proveer a las necesidades de las viudas, especialmente cuando carecían de hijos que pudieran brindarles soporte.  Pero más que mostrar interés por la suerte de la siete veces viuda, lo que pretenden los saduceos es poner en ridículo la creencia en la resurrección, y también poner en apuros a Jesús quien según ellos no podría dar una respuesta adecuada a su pregunta de “¿de cuál de los siete será mujer en la otra vida?”.

                      El punto central de la fe cristiana es la creencia en la resurrección de Jesús.  Es tan importante esa creencia que san Pablo afirma que si Jesús no hubiera resucitado, nuestra fe sería inútil, y obviamente estaríamos defendiendo tontamente la creencia en un dios muerto, es decir, en un no-dios.   La creencia en la resurrección de Jesús como fundamento de la fe cristiana se basa en la divinidad misma del Hijo de Dios, quien “se anonadó tomando la forma del siervo de Dios, y se asemejó a todos los hombres de su condición; haciéndose hombre, se humilló; se hizo obediente, hasta morir en la cruz; por eso Dios, de modo admirable a Cristo exaltó, y le otorgó un nombre tan alto que a todo excedió, para que así el cosmos entero se centre en Jesús; él es el Señor que todo conduce al Padre” ( Filipenses 2:6-11).

                      A partir de allí también creemos que la vida humana no termina con la muerte, sino que trasciende a una dimensión espiritual superior a la dimensión física y material.  Desde esta perspectiva, la vida humana no sólo adquiere sentido sino que también marca la diferencia con el resto de los seres vivos y de la creación en general:  somos hijos de Dios, creados a imagen y semejanza suya, y por tanto, con un propósito que va más allá de la vida en la tierra.  En otras palabras, hemos sido creados para ser inmortales.  Y esto lo hemos resaltado recientemente con motivo del día de los difuntos:  según nuestra fe, ellos han trascendido de la vida física limitada a la vida del espíritu, a esa dimensión diferente y superior donde ya no hay muerte, ni límites, ni sufrimiento, ni dolor, ni nada que haga infelices a los hijos de Dios.

                      Entonces, la pregunta de los saduceos carece de sentido, pues ellos pretendían mofarse de la idea de la resurrección presentándola como una simple continuidad de la vida terrenal.  La respuesta de Jesús no fue lo que ellos esperaban, pues en pocas palabras les planteó una concepción diferente a la de su grupo:  la resurrección nos llevará a una condición de realización personal superior a nuestra condición actual;  ahora somos codependientes de los demás y hacemos proyectos de vida junto a otra u otras personas; en la resurrección dependeremos sólo de Dios y El llenará todas nuestras expectativas, por eso dice Jesús que seremos como ángeles, es decir, existiremos en una condición diferente, no material, no sujeta a pasiones humanas, el amor de Dios, que es Dios mismo, será pleno en nosotros y por lo mismo toda experiencia humana de amor será superada por aquella experiencia divina por la cual seremos tomados, absorbidos, apropiados, y eso para siempre, sin final.

                      Creer en la resurrección y esperar nuestra propia resurrección le da a nuestras vidas la razón de ser de todo lo que creemos y hacemos.  No somos perecederos, como las cosas materiales; somos inmortales, creados por Dios para vivir siempre, sin morir, sin sufrir, sin limitaciones de felicidad.   Haber vivido en este cosmos durante un espacio limitado de tiempo, afrontando dificultades y retos, limitaciones e incertidumbres, actuando adecuada y responsablemente, guardando y cumpliendo normas y preceptos morales, sociales y religiosos, tiene un profundo sentido toda vez que ese conjunto de circunstancias humanas es la base de una vida futura plena y feliz, en una dimensión superior, la dimensión espiritual, la dimensión divina.

                      Dios no está muerto, ni es un Dios de muertos.  Jesús resucitó y nosotros también resucitaremos.  El está vivo y nosotros viviremos con El y en El y no sufriremos ni moriremos más.


                      Bendiciones para todos. 



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                      Domingo 3 de noviembre de 2013
                      24o. después de Pentecostés

                      Lecturas Bíblicas:
                      • Isaías 1: 10-18
                      • Salmo 32: 1-8
                      • 2 Tesalonicenses 1: 1-4, 11-12
                      • Lucas 19: 1-10

                      En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.
                      Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa. Él bajo en seguida y lo recibió muy contento.
                      Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: "Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituyo cuatro veces más
                      Jesús le contestó: "Hoy ha sido la salvación de esta casa; también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido."

                      Reflexión para la Homilía 
                      Durante varios domingos las lecturas bíblicas de la misa nos han conducido a una reflexión secuencial acerca de las relaciones entre los seres humanos y las situaciones de justicia e injusticia que se dan en ese ámbito.  Hemos dicho que tener fe es creer pero también comprometerse a transformar el mundo en que vivimos.  Hemos reconocido con la viuda que tenemos limitaciones para hacer justicia con nuestros propios medios, y por eso oramos insistentemente a Dios para poner en sus designios lo que se nos imposibilita cambiar.  Hemos aprendido que el ser muy religiosos o devotos no nos da derecho de creernos superiores a los demás y mucho menos de despreciarlos por su condición.

                      Hoy terminamos este tema celebrando la conversión de un funcionario público, Zaqueo, con z, para diferenciarlo de la palabra saqueo, con s.   Este hombre no era un simple cobrador de impuestos, como el publicano del domingo pasado.  Era un funcionario público, era jefe de cobradores de impuestos, tenía un cargo muy importante en la sociedad de su tiempo, trabajaba para el imperio romano, lo que le otorgaba ciertos privilegios y comodidades, aunque ante el pueblo resultara ser un tipo despreciable y traidor.  Zaqueo había oído hablar de Jesús y tenía curiosidad por conocerlo.  Probablemente su corta estatura física sea un símbolo usado por el evangelista para indicar la pequeñez de la situación humana ante Jesús, sobre todo cuando se es dependiente de l dinero y de los bienes materiales, como lo era Zaqueo.  Lo que menos esperaba él era que Jesús se fijara en él.  Mejor aún, Jesús se autoinvita a comer y a hospedarse en su casa, a pesar de las críticas de la gente.  Esta sensibilidad de Jesús, provoca en él su conversión radical desde su misma posición de funcionario público.

                      Hay varios elementos simbólicos en este evangelio, pero conformémonos con asimilar una breve aplicación.  El mensaje de Jesús no está dirigido a individuos en solitario, usted, yo, etc.  Es más bien un mensaje comunitario, Jesús habla a la sociedad, a la humanidad, porque todos estamos relacionados con todos, somos seres sociales e interdependientes.  Zaqueo representa a aquellas personas que ocupan cargos de responsabilidad en la sociedad y tienen en sus manos la posibilidad y la capacidad de transformar los sistemas injustos que siguen generando pobreza y miseria en todo el mundo.  Los Estados con su aparato de gobierno, las iglesias con sus distintos ministerios, los grandes empresarios e inversionistas, los funcionarios públicos muchos de ellos elegidos por la gente misma, son destinatarios del mensaje de Jesús.  El mundo está cansado de los “saqueos”, con s, conque los malos funcionarios se enriquecen mientras aumenta el número de pobres.  El mundo, donde sea, en cualquier lugar del planeta, necesita “Zaqueos”, con z:   funcionarios y líderes que se conviertan en promotores de justicia a favor de los más necesitados; funcionarios y líderes que se arriesguen por lograr la depuración y la modificación de los sistemas sociopolíticos y económicos, de modo que se priorice el bienestar de la humanidad en su conjunto y no el de unos pocos individuos.

                      Obviamente, desde la perspectiva cristiana, una conversión hacia esa meta, sólo es posible si los funcionarios y líderes abren sus vidas, sus mentes, sus proyectos y sus ambiciones para hospedar a Jesús y aprender de él los valores auténticos de justicia y solidaridad.  Si esto sucediera, ellos comprenderían que legislar, gobernar, comprar, vender, etc. son acciones que no se identifican con el hecho de dar limosnas o asistencia social, sino que exigen el reconocimiento de las personas como centro y prioridad de la convivencia  humana.

                      Como dijimos hace un par de semanas, hay situaciones injustas que como individuos no podemos cambiar en solitario.  Entonces oramos insistentemente para que Dios intervenga o mueva las mentes y los corazones de quienes sí pueden y deben empeñarse en lograr esa transformación.   Pero cuidado con resignarnos y esperar que ellos lo hagan.   Podemos iluminar, orientar, exigir, denunciar y animar.  Y nunca cansarnos de promover y esperar que esa transformación se concretice.  Mientras tanto, también nosotros, aunque no seamos funcionarios públicos ni líderes de multitudes, vayamos adquiriendo más estatura humana y espiritual, conociendo más a Jesús, compartiendo con los necesitados nuestras mitades de abundancia, de salud, de tiempo, de atención, de afecto, etc. y busquemos reparar con creces el daño que a otros hayamos ocasionado por causa de nuestra errónea ambición.


                      Bendiciones para todos. 



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                      Domingo 27 de octubre de 2013
                      23o. después de Pentecostés

                      Lecturas Bíblicas:
                      • Eclesiástico 35: 12-17
                      • Salmo 84
                      • 2 Timoteo 4: 6-8, 16-18









                    • Evangelio de Lucas (18: 9-14)
                    • Jesús contó esta otra parábola para algunos que, seguros de sí mismos por considerarse justos, despreciaban a los demás: «Dos hombres fueron al templo a orar: el uno era fariseo, y el otro era uno de esos que cobran impuestos para Roma. El fariseo, de pie, oraba así:       “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás, que son ladrones, malvados y adúlteros, ni como ese cobrador de impuestos. Yo ayuno dos veces a la semana y te doy la décima parte de todo lo que gano.” Pero el cobrador de impuestos se quedó a cierta distancia, y ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: “¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!” Les digo que este cobrador de impuestos volvió a su casa ya justo, pero el fariseo no. Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido.»

                      Reflexión para la Homilía 
                      Siguiendo la línea de las homilías (reflexiones) de los últimos domingos, acerca de las relaciones humanas y de lo que en ellas hay de justo e injusto, el domingo pasado hablábamos de la necesidad de mantener también una estrecha relación con Dios a través de la oración, no para repetir frases memorizadas, sino para poner en su poder aquellas situaciones que nosotros no podemos resolver a causa de nuestras limitantes.  La reflexión de hoy sigue esa misma línea, sólo que esta vez nos enseña dos actitudes diferentes que podríamos adoptar cuando oramos.  En realidad, el evangelio de hoy no necesita mucha interpretación ni explicación; más bien lo que más requiere es una aplicación concreta a nuestras vidas, y es lo que intentaré hacer a continuación con la ayuda de ustedes.

                      En el mundo religioso judío del tiempo de Jesús, destacaba un grupo amplio de personas a quienes se les llamaba fariseos.  Erróneamente, nosotros solemos aplicar esa palabra a cualquier persona que nos parezca hipócrita o falsa.  La palabra fariseo no significa eso, sino “separados”.  Los fariseos, más bien, eran creyentes en el Dios de Abraham y de Israel, eran muy devotos y fervorosos, y en todo lo que hacían o decían procuraban cumplir rígidamente lo que mandaba la ley religiosa que se atribuía a Moisés y las tradiciones orales de sus antepasados que para ellos también eran palabra de Dios.  Eran muy estimados por el pueblo, a diferencia de los saduceos, a quienes el pueblo rechazaba por estar de lado de los dominadores romanos.  Parte de las creencias de los fariseos era:  que Dios controla todo lo que ocurre en el mundo, que los muertos resucitan, que hay premio y castigo después de esta vida, que existen los ángeles y los demonios.  Estas creencias eran negadas por los saduceos, el otro grupo religioso al que la mayoría de la gente no veía con agrado.

                      Como vemos, por lo poco que hemos dicho de los fariseos, no eran malas personas y hasta creían lo mismo que nosotros creemos hoy día.  Entonces nos preguntamos ¿por qué Jesús los criticaba tanto en su predicación?  Varias de las parábolas que contó tenían que ver con los fariseos, como la de hoy.  La repuesta podemos resumirla diciendo lo siguiente:  Jesús rechazaba el modo de ser de los fariseos, no por ser muy devotos o muy religiosos, sino por creerse mejores que todos aquellos que no hacían ni creían lo mismo que ellos.  Los criticaba porque estaban convencidos de que, cumpliendo la ley religiosa al pie de la letra y haciendo lo que mandaban sus tradiciones, estaban asegurando su propia salvación y el premio después de la vida, y se sentían con derecho de despreciar a los demás delante del mismo Dios.  Eso es lo que ejemplifica la parábola.  Un cobrador de impuestos, en ese tiempo, era visto con desprecio por toda la gente del pueblo, porque trabajaba para los dominadores romanos aunque fuera parte del mismo pueblo judío.  Mientras ejerciera ese empleo, nada de lo que hiciera el cobrador de impuestos a nivel religioso, era apreciado por la gente.   Por eso, los fariseos despreciaban a los cobradores de impuestos, y a cualquier otra persona que no fuera como ellos.

                      Como dije, esta parábola no necesita explicación.  Pero es ejemplo muy cierto de lo que sigue ocurriendo en nuestro tiempo.  La religión debiera ser no solamente un conjunto de ritos, creencias y tradiciones, sino sobre todo un medio para facilitar la práctica de la fe y de buscar hacer el bien a la mayor cantidad de gente posible.  Sigue habiendo gente muy devota, muy religiosa, que sigue creyéndose superior a los que no lo son.  En mi vida he conocido varias clases de personas que se sienten superiores y desprecian a los demás:
                      • ·      Líderes religiosos que creen que son líderes gracias a su talento y simpatía, y no por una misión recibida de Dios;  piensan que su posición les hace diferentes del pueblo, al que pueden manipular y mandar como ellos quieran; se sienten con derecho a exigir respeto y reverencia mientras ellos tratan a la gente con actitud soberbia y despectiva; piensan que porque han estudiado mucho, ellos lo saben todo y sus seguidores en cambio son ignorantes.  Fariseos modernos.
                      • ·     Católicos tradicionalistas que ya casi han recibido los 7 sacramentos, que van a misa todos los días, que rezan a diario el rosario, que le hacen novenas a los santos, que van a peregrinaciones, que tienen la Biblia grande y abierta en un lugar visible de su casa, que asisten a la misa de ramos, al triduo pascual, a la misa de gallo, a la fiesta de su santo patrono, a retiros, a charlas, etc.   Tristemente, se la pasan comiéndose vivo a su vecino alcohólico, a la madre soltera, al hijo drogadicto de la vecina de enfrente, al enfermo de sida, al niño que ya tiene 5 años y todavía no está bautizado, a la muchachita que todavía no se ha casado y ya está embarazada y a saber de quién, etc.  Fariseos modernos.
                      • ·    Creyentes no católicos que se saben la Biblia de memoria y pagan rigurosamente su diezmo, que ya se sienten salvados aunque sigan pecando, y que nos han desahuciado a los católicos porque pertenecemos a “la gran ramera” y seguimos a “la bestia” y adoramos a los “ídolos”, y cada vez que pueden hablan de nosotros como si fuéramos la encarnación colectiva del demonio.
                      • ·      Gente con un erróneo concepto del nacionalismo, que desprecia a los que no han nacido en su país ni tienen sus mismos gustos y costumbres; que creen que lo que da valor a una persona es el color de su piel y la cantidad de dinero en el banco.


                      Cuando oramos, debemos ante todo reconocer que estamos ante la presencia de Dios, y que nada seríamos ni tendríamos si no nos viniera de Dios.  Y si acaso sentimos estar en una posición o en un situación privilegiada en la vida, lejos de sentirnos superiores a los demás, en vez de alejarnos de ellos y de considerarlos con desprecio, debemos adoptar las actitudes de Jesús:  cercanía, compasión, comprensión, tolerancia, sencillez, sensibilidad, aceptación, misericordia, etc.  Cualquiera que se acerque a nosotros, debiera irse con la sensación de haber estado cerca de Jesús.  Entonces nuestra oración será agradable a Dios y seremos justificados por El.


                      Bendiciones para todos. 



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                      Domingo 20 de octubre de 2013
                      22o. después de Pentecostés

                      Lecturas Bíblicas:











                    • Génesis (32: 22-31)
                    • Salmo 121
                    • Segunda Carta a Timoteo    (3:14 - 4:5)
                    • Evangelio de Lucas (18: 1-8)

                    • "Jesús les contó una parábola para enseñarles que debían orar siempre, sin desanimarse. Les dijo: «Había en un pueblo un juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. En el mismo pueblo había también una viuda que tenía un pleito y que fue al juez a pedirle justicia contra su adversario. Durante mucho tiempo el juez no quiso atenderla, pero después pensó: “Aunque ni temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, como esta viuda no deja de molestarme, la voy a defender, para que no siga viniendo y acabe con mi paciencia.”»
                      Y el Señor añadió: Esto es lo que dijo el juez malo. Pues bien, ¿acaso Dios no defenderá también a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Los hará esperar? Les digo que los defenderá sin demora. Pero cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará todavía fe en la tierra?»"

                      Reflexión para la Homilía 
                      Seguramente a todos nos ha ocurrido que en situaciones difíciles hemos acudido a Dios en oración, pidiéndole a gritos una solución, una señal, algo que nos haga saber dónde está la salida del problema o de la necesidad, y nos hemos quedado esperando una inmediata respuesta divina.   Es bueno que sepamos que no sólo a nosotros nos ha sucedido:  también le pasó a personas santas, profundamente espirituales y entregadas de lleno a Dios, incluido el mismo Jesús.   Los domingos anteriores hemos reflexionado sobre la fe, no sólo como creer en Dios, sino también como práctica concreta para hacer realidad los valores humanos y cristianos en los que creemos.  También hemos dicho que para expresar nuestra fe necesitamos también liberarnos de nuestras lepras espirituales, de todas aquellas situaciones que hacen fea y desagradable nuestra vida.  Y hoy, sabiendo que somos limitados, y que aunque Dios nos ha creado a su imagen y semejanza, dándonos capacidades específicas para transformar y renovar el mundo en que vivimos, vamos a afirmar que la fe también se hace concreta cuando mantenemos un diálogo permanente con Dios a través de la oración; pero vamos a subrayar el hecho de que esa oración debe ser continua y perseverante, y probablemente allí es donde podríamos encontrar obstáculos para expresar nuestra fe.

                      Orar es comunicarse con Dios, no tanto en actitud de hablar, sino más bien de escuchar.  Muchos piensan que orar es únicamente repetir oraciones memorizadas o hacer una larga lista de peticiones para que Dios nos escuche y nos dé lo que según nosotros necesitamos.   La primera lectura de hoy, en el libro del Génesis, nos ha dado un ejemplo figurado de lo que puede ocurrir cuando oramos:  Jacob luchó toda una noche con alguien que al final resulta ser Dios mismo que termina siendo vencido por Jacob y bendiciéndolo con un cambio de nombre.  No se trata de una lucha física, sino de una lucha espiritual, donde Jacob pasa toda una noche (símbolo de oscuridad, de falta de luz, de confusión, de incertidumbre ante la vida) queriendo comprender situaciones difíciles y pidiendo a Dios una ayuda que Dios tarda en dar.   Lo interesante es que en esa lucha existencial, el vencedor es Jacob, el ser humano vence al ser divino, no porque Dios sea un debilucho, sino porque Jacob fue insistente, perseverante, convencido de que lo que pedía era justo, era necesario, era conveniente.

                      Por eso mismo es que Pablo aconseja a Timoteo que sea firme, es decir perseverante, no sólo en el creer sino también en el actuar de acuerdo con lo que cree y predica, advirtiéndole que llegará el momento en que la gente, cansada de esperar, buscará otros medios para conseguir lo que creen que necesitan.  Somos testigos de esa realidad actual:  basta ver cómo tanta gente, ha dejado de confiar en Dios, han dejado de orar, se han cansado de esperar, y han ido a buscar en otros medios y en otras personas la respuesta a sus necesidades, aunque tengan que pagar mucho dinero para eso y sigan sin recibir respuesta o simplemente terminen siendo estafados.

                      Jesús pone el ejemplo de la viuda insistente ante el juez negligente.  Acá tenemos dos personajes que simbolizan mucho de nuestra realidad:  por un lado, la mujer viuda, en aquel tiempo sinónimo de debilidad, de menosprecio, de carencia de atención, de pobreza existencial, sin nadie que velara por ella, reclama por sí misma sus derechos;  por otro lado, el juez que evade su responsabilidad, acomodado en su estatus, seguramente más atento a resolver los pleitos de la gente pudiente y no la necesidad de la viuda,  amigo de la corrupción, indiferente ante los pobres.   Es decir, Jesús ilustra una vez más las relaciones injustas de su tiempo, y nosotros seguimos constatando la actualidad de tales injusticias.   ¡Cuánta gente está encarcelada por delitos que no cometió!   ¡Cuánta gente está esperando desde hace años que les resuelvan sus justos reclamos en las Cortes!  ¡Cuántos perdieron sus casas a causa de las estafas y artimañas de los prestamistas!  ¡Cuántos quedaron temporalmente sin empleo porque los políticos no se ponían de acuerdo en cuanto a las finanzas del gobierno!  ¡Cuántos delitos ocasionados por el odio racial y la discriminación!  ¡Cuántos niños asesinados por el “bullying” (acoso) en las escuelas!   ¡Cuántos inocentes muertos en las guerras de los narcos!  ¡Cuántas personas siguen siendo víctimas del fanatismo religioso en varios países del planeta! etc., etc.

                      La fe es tratar de conseguir mediante la comunicación con Dios (oración) aquello que con sólo nuestras fuerzas y nuestro empeño no podemos, porque somos limitados.  Para concretar la fe así, lo primero es dejar de preocuparnos tanto por pedir a Dios las cosas materiales que creemos necesitar y sin las cuales pensamos que no vamos a sobrevivir ni a ser felices, y en cambio, unirnos al clamor de tanta gente sufriente que está pidiendo a Dios justicia, pan, respeto, empleo, paz, salud, acceso a la educación, beneficios sociales mínimos, fin de la corrupción y de la miseria, restauración de la sociedad.   Y vale la pena aclarar algo respecto a esto que pedimos a Dios:  no es que Dios tarde o se haga de rogar para torturarnos y mantenernos en vilo.   Dios respeta la libertad humana y los procesos históricos.  El “tiempo” de Dios es diferente al nuestro.  Dios no está sujeto ni al tiempo ni al espacio.  Su presencia en la vida humana es un instante permanente en el que Dios interviene cuando el ser humano reconoce su limitación después de haber aplicado todo su esfuerzo y todas sus capacidades para transformar su entorno.   Si a nosotros nos parece que Dios tarda, pensemos mejor que quien está tardando, es el ser humano, tardando en aplicar sus talentos y capacidades, y esperando irresponsablemente que Dios resuelva lo mismo que ha confiado a la capacidad del ser humano.   Para poner un ejemplo de esa capacidad de aplicar las capacidades recibidas de Dios a la solución de grandes problemas, permítanme recomendarles la lectura de lo que ha hecho y está haciendo Malala Yousafzai, una niña de 16 años, en su lucha contra el dañino fanatismo religioso en Pakistán   (www.elpais.com/eps/1381613349_778121.html).

                      En otras palabras, para concretar nuestra fe, mientras seguimos empeñándonos en transformar el mundo en que vivimos, oremos con insistencia, para que el Reino de Dios se siga construyendo y fortaleciendo entre los seres humanos.

                      Bendiciones para todos.

                      COMENTARIOS:

                      • Realmente a nosotros nos cuesta aceptar que el tiempo de Dios es algo que está fuera de la marcación humana, vamos corriendo y a prisa.........pero la reflexión bíblica nos ayuda a aclarar ésto a ORAR SIN DESANIMARNOS, y lejos de pedir siempre, agradecer por lo que tenemos: vida, familia, casa, amor......tribulaciones siempre estarán y sólo debemos darle el valor real y aunque son incómodos. EL AMOR VENCE EL TIEMPO Y DISTANCIA. Atte. Dalia de Divas en Homilía Dominical de esta semana - Ciclo C, 2013

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                      Domingo 13 de octubre de 2013
                      21o. después de Pentecostés

                      Lecturas Bíblicas:










                    • Segundo Libro de Los Reyes (5: 1-3,  7-15)
                    • Salmo 111
                    • Segunda Carta a Timoteo    (2: 8-15)
                    • Evangelio de Lucas (17: 11-19)

                    • "En su camino a Jerusalén, pasó Jesús entre las regiones de Samaria y Galilea. Y llegó a una aldea, donde le salieron al encuentro diez hombres enfermos de lepra, los cuales se quedaron lejos de él gritando: —¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!
                      Cuando Jesús los vio, les dijo: —Vayan a presentarse a los sacerdotes.
                      Y mientras iban, quedaron limpios de su enfermedad. Uno de ellos, al verse limpio, regresó alabando a Dios a grandes voces, y se arrodilló delante de Jesús, inclinándose hasta el suelo para darle las gracias. Este hombre era de Samaria. Jesús dijo: —¿Acaso no eran diez los que quedaron limpios de su enfermedad? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Únicamente este extranjero ha vuelto para alabar a Dios?

                      Y le dijo al hombre: —Levántate y vete; por tu fe has sido sanado."

                      Reflexión para la Homilía 
                      El domingo pasado reflexionamos sobre la fe, no solamente como aquello en lo que creemos, sino también como la responsabilidad de aplicar esa fe a la transformación del mundo.  Hoy, las lecturas de la Biblia nos hacen conectar la fe, como requisito fundamental, para la sanación integral de la persona.   Los personajes bíblicos de hoy son varios enfermos de lepra que son curados de su enfermedad.  Eso ocurre en momentos y lugares diferentes, pero el requisito de la fe es un elemento común.  En el primer caso, se trata de Naamán, un militar al servicio del rey de Siria, es decir, un extranjero.  En el segundo caso son 9 leprosos de los cuales uno era extranjero de Samaria.

                      Vale la pena decir que cuando los textos bíblicos hablan de la lepra, en el contexto de aquel tiempo, se refiere más que todo a enfermedades de la piel, cuya causa era desconocida entonces, considerándola más bien como una consecuencia del pecado.  El que una persona tuviera la piel escamosa, irritada, rojiza, anormal, con llagas o apariencia desagradable, era interpretado como una señal de impureza física generada por algún pecado cometido.  Y de acuerdo con las leyes religiosas de la época, el enfermo tenía que vivir aislado de la gente hasta que los sacerdotes lo examinaran de nuevo y le dieran un certificado de pureza que le permitiera volver a su casa y a su familia.  Además, mientras estuviera aislado de la comunidad, debía vestirse con ropas rotas, mostrar una apariencia desagradable, guardar la distancia con la gente y al movilizarse de un lugar a otro debía gritar que estaba impuro para que todos lo escucharan y no se le acercaran.  En resumen, era una situación humillante y difícil de sobrellevar.

                      Naamán fue curado siguiendo las instrucciones del profeta Eliseo.  Los diez leprosos son curados siguiendo las instrucciones de Jesús de presentarse a los sacerdotes para ser declarados limpios.   Naamán regresa para dar las gracias al profeta.  De los diez leprosos sólo el extranjero samaritano regresa a agradecer a Jesús.   Lo importante de estos eventos de curación no está ni en el milagro ni en el acto de dar las gracias, sino en que tanto Naamán como el samaritano reconocen que en quien los curó hay presencia divina capaz de liberarles para siempre de cualquier humillación y discriminación.  De hecho, el samaritano ni siquiera fue a presentarse a los sacerdotes, seguramente porque consideró que aquello era un legalismo ritual, mientras que volver donde Jesús era una necesidad vital, existencial.  No le bastó con ser curado, también necesitaba ser salvado, es decir, liberado de los condicionamientos y sistemas que hasta ese momento decidían por él.  Y Jesús, de nuevo, atiende su necesidad:  “…tu fe te ha salvado”.

                      Hay varias lepras terribles hoy día en nuestra sociedad:  la lepra de la increencia, de la indiferencia religiosa, de la  relativización moral, de la sustitución de Dios por los bienes materiales.  Hay quienes andan por allí con una apariencia física externa deslumbrante; pero la lepra de sus mentes y de sus espíritus afea sus vidas hasta llevarles a la depresión, a la angustia y a la pérdida del sentido existencial.  Hay retiros y cursillos, campañas de evangelización y eventos multitudinarios donde la gente se emociona, llora,  experimenta “conversiones express”, pero no vuelven a Jesús, no descubren su verdadero poder liberador, y por lo mismo, al tiempo vuelven a deprimirse y a angustiarse.  Círculo vicioso. 

                      La invitación de esta reflexión es a:
                      • identificar cada uno su propia lepra (defectos, vicios, apegos, debilidades, inseguridades, carencias, baja autoestima, mediocridad, indiferencia);
                      • reconocer lo que afea nuestra historia (decisiones equivocadas, acciones pasadas desacertadas, influencias negativas, esquemas desfasados, amistades perdidas, experiencias frustrantes);
                      • buscar en Jesús la sanación, la restauración de la vida, de la persona y de la historia personal;
                      • volver a El constantemente, seguirlo, asumirlo como único referente o motivación, para vivir permanentemente libre de cualquier lepra o esclavitud.


                      Entonces, la fe no es sólo creer.  También es actuar. Y también es buscar ser sanado y volver para quedarse con Jesús:  sólo El satisface todas las expectativas del ser humano.

                      Bendiciones para todos. 



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                      Domingo 6 de octubre de 2013
                      20o. después de Pentecostés

                      Lecturas Bíblicas:













                    • Libro del Profeta Habacuc (1: 1-4; 2:1-4)
                    • Salmo 37: 1-10
                    • Segunda Carta a Timoteo    (1: 1-14)
                    • Evangelio de Lucas (17: 5-10)

                    • Los apóstoles pidieron al Señor: —Danos más fe.   El Señor les contestó: —Si ustedes tuvieran fe, aunque sólo fuera del tamaño de una semilla de mostaza, podrían decirle a este árbol: “Arráncate de aquí y plántate en el mar”, y les haría caso.
                      »Si uno de ustedes tiene un criado que regresa del campo después de haber estado arando o cuidando el ganado, ¿acaso le dice: “Pasa y siéntate a comer”? No, sino que le dice: “Prepárame la cena, y dispónte a atenderme mientras yo como y bebo. Después podrás tú comer y beber.” Y tampoco le da las gracias al criado por haber hecho lo que le mandó. Así también ustedes, cuando ya hayan cumplido todo lo que Dios les manda, deberán decir: “Somos servidores inútiles, porque no hemos hecho más que cumplir con nuestra obligación.” 

                      Reflexión para la Homilía 
                      Esta es la tercera semana consecutiva en que reflexionamos sobre las relaciones de justicia entre los seres humanos.  En la primera hablamos de que debemos ser buenos y astutos administradores de lo que Dios nos confía.  En la segunda hablamos de la necesidad de compartir a tiempo lo que tenemos con los menos afortunados.  En ambas semanas señalamos lo grande que es la injusticia si pensamos en el comportamiento de muchos ricos y personas con autoridad sobre los demás.  En todo caso, lo que hagamos adecuadamente como individuos y, sobre todo como comunidad cristiana, ya contribuye a aliviar y ojalá a erradicar la injusticia social.

                      Hoy leemos la queja desconcertada e indignada del profeta Habacuc (cuyo nombre significa “el que abraza” o “el que consuela”) acerca de la injusticia que se vivía en su tiempo (año 612 aC) y del aparente silencio de Dios.  Esa queja nos suena familiar hoy también, y sobran las preguntas a Dios acerca de por qué suceden tantas injusticias incluso en países considerados cristianos.  La respuesta de Dios es una promesa:  esta situación cambiará, hay que confiar en Dios, lo cual podemos traducir como “tener fe”.

                      Por su parte, Pablo, ya cercano a su martirio y testigo también de injusticias especialmente en contra de los cristianos, anima a Timoteo recordándole que “…Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino un espíritu de poder, de amor y de buen juicio”, y pone como fuente de ese espíritu fuerte la fe que viene de Dios y que, de nuevo, se entiende como “depositar la confianza” en El.

                      En el Evangelio, los apóstoles, viendo cómo era la fe de Jesús, y cómo El confiaba en su Padre Dios, en un intento por contagiarse le piden fe.  Jesús confirma que efectivamente les falta fe, les falta confiar, no llegan ni al mínimo, representado en una semilla de mostaza (más chica que la cabeza de un fino alfiler).  Pero también les enseña que la fe no es simplemente creer en algo o en alguien.  La fe es también acción, la fe es transformante, es operativa, es activa.  Y para que lo entiendan les pone el ejemplo del criado y su patrón, al que debe servir a la vez que hace el trabajo propio que por su condición de criado debe hacer.

                      Están pasando cosas injustas en todo el mundo, y no desde ayer.  La injusticia es tan antigua como el mismo ser humano. Es válido que cuestionemos incluso a Dios en el que creemos firmemente, pero no es válido quedarse esperando que sea El quien impida o resuelva tales injusticias, cuando el mundo ha sido puesto por El en nuestras manos para que lo transformemos.  En estos días, ha habido reacciones de indignación y de tristeza en El Salvador, después de que el arzobispo católico decidiera cerrar la Oficina de Socorro Jurídico, instancia eclesial que desde hacía 36 años, por iniciativa y sensibilidad de Mons. Oscar Romero, velaba por los derechos humanos de los más pobres en ese país.   Y así podríamos enumerar distintas situaciones que actualmente están afectando a muchísima gente a causa de la injusticia generada por el mismo ser humano:  sigue asombrando la cantidad de “homeless” (pordioseros) que se ven por las calles; entristece el cierre de muchas oficinas del gobierno central en EEUU que ha dejado a miles de trabajadores en suspenso indefinido por falta de acuerdo en los líderes;  preocupa la ya prolongada narcoviolencia en México extendida también a Centro América; indigna la lentitud con que la ayuda humanitaria ha ido llegando a Haití, el país más pobre de América, aún después de casi 4 años del devastador terremoto que mató a 316 mil personas, hirió a 350 mil y dejó sin hogar a un millón y medio; etc.   En situaciones como estas, es donde los creyentes debemos concretar la fe más allá de la simple creencia doctrinal y generar acción a favor de los que están siendo afectados.

                      En todo esto, como creyentes, no basta con recitar cada domingo el credo, ni con orar por los desafortunados.  La fe es activa, es operante y debe ser también efectiva, es decir, debemos encontrar soluciones y concretizarlas en la medida de nuestras posibilidades.  Lo más cómodo es reclamarle a Dios, echarle la culpa del descalabro humano y pretender “castigar” a Dios dejando de creer en El.  Quien así reacciona se repliega y renuncia al compromiso de transformar las situaciones.  Somos administradores.  Somos siervos y como tales debemos hacer lo que nos corresponde para aliviar e incluso erradicar las injusticias.  La promesa de Dios, de que todo cambiará y que el orden de las cosas será invertido en función de las víctimas de la injusticia, está vigente; pero su cumplimiento no vendrá de ningún acto mágico o extraordinario por parte de Dios, sino que vendrá del compromiso de fe que todos nosotros hagamos concreto.  Para ello, nuestro modelo es Jesús de Nazareth.  Su predicación señalando las injusticias de su tiempo, su enseñanza sobre el amor solidario, su actuación firme y protectora del débil, y sobre todo su total disponibilidad para entregar su vida por el Reino que vino a establecer, son los criterios que debemos adoptar a la hora de proclamar que creemos, que tenemos fe, y que estamos dispuestos a batallar contra las injusticias y a dar nuestro aporte, pequeño o grande según nuestras posibilidades y circunstancias, para aliviar y favorecer a las víctimas de la injusticia.

                      Tener el mínimo de fe y plantar árboles en el mar, no tiene un significado mágico.  Tiene una implicación de compromiso de transformación.  Con el mínimo de fe, es decir, con la mínima intensidad de confianza en el proyecto de Dios, y con esa fe llevada a la práctica y al compromiso, podemos mover árboles y montañas, podemos desplazar injusticias, pues Dios no nos ha dado un espíritu de temor para quedarnos callados ni indiferentes.  Más bien nos ha dado un espíritu de poder que nos permite generar soluciones justas y prácticas, por encima de la indiferencia y del miedo.

                      Bendiciones para todos. 


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                      Domingo 29 de septiembre de 2013
                      19o. después de Pentecostés

                      Lecturas Bíblicas:












                    • Libro del Profeta Amós (6: 1a,4-7)
                    • Salmo 146
                    • Primera Carta a Timoteo    (6: 6-19)
                    • Evangelio de Lucas (16: 19-31)

                    • Jesús dijo: «Había un hombre rico, que se vestía con ropa fina y elegante y que todos los días ofrecía espléndidos banquetes. Había también un pobre llamado Lázaro, que estaba lleno de llagas y se sentaba en el suelo a la puerta del rico. Este pobre quería llenarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas. Un día el pobre murió, y los ángeles lo llevaron a sentarse a comer al lado de Abraham. El rico también murió, y fue enterrado.
                      »Y mientras el rico sufría en el lugar adonde van los muertos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro sentado a su lado. Entonces gritó: “¡Padre Abraham, ten lástima de mí! Manda a Lázaro que moje la punta de su dedo en agua y venga a refrescar mi lengua, porque estoy sufriendo mucho en este fuego.” Pero Abraham le contestó: “Hijo, acuérdate que en vida tú recibiste tu parte de bienes, y Lázaro su parte de males. Ahora él recibe consuelo aquí, y tú sufres. Aparte de esto, hay un gran abismo entre nosotros y ustedes; de modo que los que quieren pasar de aquí allá, no pueden, ni de allá tampoco pueden pasar aquí.”
                      »El rico dijo: “Te suplico entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a la casa de mi padre, donde tengo cinco hermanos, para que les llame la atención, y así no vengan ellos también a este lugar de tormento.” Abraham dijo: “Ellos ya tienen lo escrito por Moisés y los profetas: ¡que les hagan caso!” El rico contestó: “Padre Abraham, eso no basta; pero si un muerto resucita y se les aparece, ellos se convertirán.” Pero Abraham le dijo: “Si no quieren hacer caso a Moisés y a los profetas, tampoco creerán aunque algún muerto resucite.”» 

                      Reflexión para la Homilía 
                      El domingo pasado reflexionamos sobre la necesidad de ser buenos administradores de lo que Dios nos ha confiado, y escuchamos a Jesús diciéndonos que no se puede servir con la misma intención ni con la misma intensidad a Dios y a las riquezas.  Obviamente, el tema es muy amplio y no basta un domingo para exprimirlo.  Por eso, hoy continuamos la reflexión en torno al tema de la justicia en las relaciones entre los seres humanos, especialmente entre los que tienen mucho y los que no tienen lo suficiente para vivir dignamente.
                      El profeta Amós continúa su reclamo contra los ricos de su tiempo en Israel, 700 años antes de Cristo, no por ser ricos, sino por no ser sensibles ni solidarios con sus hermanos pobres.  Gozaban de su comodidad y abundancia y eran indiferentes a lo que el resto de la gente tenía que afrontar para poder sobrevivir.   Esa situación, en tiempo de Jesús, continuaba igual, con el agravante de que el pueblo de Israel ya no era libre ni rico sino esclavo de Roma y sumido en pobreza.  Aun así, los más afortunados cometían injusticias contra sus propios hermanos.   Dos mil años después se sigue dando esa indiferencia, excepto en contados casos de gente adinerada que sí realiza acciones de ayuda.  ¿Por qué, desde sus inicios, el ser humano tiende a buscar poder y riqueza?  ¿Es mala esa tendencia?  ¿Deben los pobres conformarse con su situación o más bien ejercitar su tendencia humana a la búsqueda de la riqueza?  ¿Hizo Dios un mundo desigual, con ricos y pobres? ¿Era ese su plan original sobre la raza humana?   Y así, muchas otras preguntas podríamos hacer y discutir sus respuestas.
                      Hay quienes, por un lado, afirman que los recursos del planeta se están acabando y que pronto la raza humana va a desaparecer.  Hay otros más optimistas que aseguran que en el planeta hay suficientes recursos para acabar con la pobreza, pero esos recursos, dicen, están mal empleados, despilfarrados, concentrados en pocos propietarios.  Recientemente, en su discurso a las Naciones Unidas, el presidente de Paraguay, José Mujica dijo:   “Sería imperioso lograr consensos planetarios para lograr solidaridad para los más oprimidos. Movilizar a las grandes economías para crear bienes útiles sin frivolidades para levantar a los más pobres del mundo    Sí es posible un mundo con una humanidad mejor.  Pero tal vez hoy la primera tarea sea salvar la vida”.
                      Dios no creó al ser humano para que viviera en la miseria.  Más bien puso toda la creación a su servicio.  Es el mismo ser humano el que ha dado vuelta a esta situación poniendo al hombre al servicio de las cosas materiales, esclavizado al consumismo, permanentemente endeudado.   Irónicamente, son más los pobres que los ricos, y no es como en una competencia deportiva donde se supone que quienes son mayoría logran la victoria sobre los que son minoría.  En la vida humana no es cuestión de cantidades sino de actitudes y de control del poder y de la riqueza.  Ni la riqueza ni la pobreza son democráticas, más bien son impuestas y atropellan la dignidad del ser humano.
                      Leyendo la parábola que cuenta Jesús, no ha faltado quienes digan:  “…. Según esa parábola entonces los ricos se van al infierno y los pobres se van al cielo…”  Falso.  Es una conclusión equivocada.  El rico de la parábola (llamado Epulón, en referencia a los sacerdotes romanos que supervisaban los banquetes) no se va al “infierno” por haber sido rico, sino por no haberse compadecido del pobre (llamado Lázaro que significa “ayudado por Dios”), por haber sido indiferente, por no compartir sus bienes.
                                                                
                      En nuestro tiempo, lamentablemente, esta situación no se da solamente respecto a los ricos, sino que también entre gente de clase media e incluso entre pobres insensibles ante los más pobres que ellos.   Es válido y bueno que aspiremos a vivir mejor, con comodidades y en abundancia.  Jesús mismo dice que vino a traernos vida en abundancia.  Lo que no está bien es olvidarnos de los más pobres, especialmente de los que nunca tendrán la oportunidad ni siquiera de aspirar a un mejor nivel de vida.  No está bien ser indiferentes.   Lo ideal, para un cristiano, sería ser pobre de espíritu, vivir desapegado a las cosas materiales, aun cuando se tenga en abundancia.  Dice Pablo que “el amor al dinero es raíz de toda clase de males” y podemos constatarlo a nivel mundial, en nuestros países sumidos en la pobreza, en las luchas entre empleados por obtener puestos y beneficios a costa de los demás y por cualquier medio; lo vemos también en la falta de solidaridad entre los miembros de una misma familia, y dolorosamente  también en las iglesias.
                      Me conmovió el video de un niño guatemalteco, 7 añitos de edad, sordo y de familia pobre, a quien una enfermera extranjera puso en manos de una organización sin fines de lucro que a su vez cubrió el viaje del niño a Estados Unidos y los gastos médicos para devolverle al niño su audición.  El niño lloró cuando escuchó por primera vez la voz de su mamá hablándole por Skype.   Mi conclusión es:   recursos hay, tecnología hay, y si anteponemos el bien del ser humano antes que la ambición de tener y ganar, se puede sacar a tanta gente de su pobreza y de sus limitaciones.
                      Nada tenemos, todo es de Dios y El nos lo confía.  Compartamos con quien necesita más, y puedo decir por experiencia propia, que Dios recompensa abundantemente lo que compartimos con amor, sobre todo si damos incluso lo que necesitamos para vivir.

                      Bendiciones para todos. 


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                      Domingo 22 de septiembre de 2013
                      18o. después de Pentecostés

                      Lecturas Bíblicas:













                    • Libro del Profeta Amós (8: 4-7)
                    • Salmo 113
                    • Primera Carta a Timoteo    (2: 1-7)
                    • Evangelio de Lucas (16: 1-13)

                    • Jesús contó también esto a sus discípulos: «Había un hombre rico que tenía un mayordomo; y fueron a decirle que éste le estaba malgastando sus bienes. El amo lo llamó y le dijo: “¿Qué es esto que me dicen de ti? Dame cuenta de tu trabajo, porque ya no puedes seguir siendo mi mayordomo.” El mayordomo se puso a pensar: “¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me deja sin trabajo? No tengo fuerzas para trabajar la tierra, y me da vergüenza pedir limosna. Ya sé lo que voy a hacer, para tener quienes me reciban en sus casas cuando me quede sin trabajo.” Llamó entonces uno por uno a los que le debían algo a su amo. Al primero le preguntó: “¿Cuánto le debes a mi amo?” Le contestó: “Le debo cien barriles de aceite.” El mayordomo le dijo: “Aquí está tu vale; siéntate en seguida y haz otro por cincuenta solamente.” Después preguntó a otro: “Y tú, ¿cuánto le debes?” Éste le contestó: “Cien medidas de trigo.” Le dijo: “Aquí está tu vale; haz otro por ochenta solamente.” El amo reconoció que el mal mayordomo había sido listo en su manera de hacer las cosas. Y es que cuando se trata de sus propios negocios, los que pertenecen al mundo son más listos que los que pertenecen a la luz.
                      »Les aconsejo que usen las falsas riquezas de este mundo para ganarse amigos, para que cuando las riquezas se acaben, haya quien los reciba a ustedes en las viviendas eternas.   »El que se porta honradamente en lo poco, también se porta honradamente en lo mucho; y el que no tiene honradez en lo poco, tampoco la tiene en lo mucho. De manera que, si con las falsas riquezas de este mundo ustedes no se portan honradamente, ¿quién les confiará las verdaderas riquezas? Y si no se portan honradamente con lo ajeno, ¿quién les dará lo que les pertenece?    »Ningún sirviente puede servir a dos amos; porque odiará a uno y querrá al otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No se puede servir a Dios y a las riquezas.»

                      Reflexión para la Homilía 
                      A lo largo de la Biblia se habla constantemente de las relaciones justas que debe haber entre ricos y pobres, patronos y empleados, jefes y subalternos, líderes y seguidores, fuertes y débiles, padres e hijos, etc.   El fundamento indispensable de una relación justa es hacerlo todo según los criterios de Dios, y no según los criterios humanos.   Si prevalecen los criterios humanos en esas relaciones, seguramente habrá explotación, corrupción, humillación, irrespeto a la dignidad humana, manipulación y cualquier otro vicio que dañe gravemente a los más desprotegidos.   Y esto, como todos sabemos, se da entre nosotros en todos los niveles, en la familia, en el trabajo, en la ciudad, en la sociedad, en los gobiernos, en todo el mundo.  Hacen falta relaciones de justicia de acuerdo con los criterios de Dios.
                      Por eso es que el profeta Amós critica a los ricos de su tiempo y de su pueblo, pues solamente piensan en vender, ganar, y eso a costillas de los pobres que son sus propios hermanos, su propia gente.   Por su parte, Jesús cuenta una alegoría, probablemente algo que ciertamente había sucedido y que él emplea para enseñar.  El mayordomo deshonesto y astuto que se queda sin trabajo, pero no sin amigos.  Debemos tener cuidado de no interpretar que Jesús aprueba su deshonestidad y entender que más bien resalta su astucia e invita a los cristianos a ser también astutos en los asuntos espirituales.
                      Lo primero que hay que decir es que usualmente un mayordomo trabajaba para un hombre rico y su ingreso económico consistía en una comisión sobre la deuda que las personas tenían con su patrón.  De modo que cuando el mayordomo del relato es descubierto en su mal actuar, lo que hace es modificar los documentos de deuda, para hacerles más liviana su carga a los deudores, no afectando más a su patrón sino renunciando a la comisión que le correspondía, con lo cual aparentemente se aseguraba la amistad de los deudores, quedando ante ellos como un hombre bueno y generoso al cual le podían abrir con confianza las puertas de su casa.  Esa astucia, Jesús la elogia, como hemos dicho, provocando en sus discípulos la reflexión sobre cómo actuarían ellos en los casos de relaciones injustas.  La motivación que da Jesús podría expresarse como:  si quienes actúan con criterios humanos lo hacen astutamente, inteligentemente, buscando sus intereses egoístas, quienes actúan en cambio con los criterios de Dios no deben ser menos astutos, ni pasivos, ni resignados, ni indiferentes ante las relaciones injustas.
                      Los cristianos debemos, en primer lugar, ser justos en nuestras relaciones con los demás.  Recordemos que Dios nos ha confiado este mundo como mayordomos suyos.  No somos dueños de nada, todo es de El.  Somos simplemente administradores de lo que Dios nos confía.  Y Dios nos confía la vida propia, la familia, un trabajo, una profesión, un negocio, una posición de autoridad, una responsabilidad social, cosas materiales, etc.
                      A lo largo de nuestra vida personal hemos ido desempeñando distintos roles según las circunstancias: primero fuimos hijos y luego nos convertimos en padres; un día fuimos empleados y con el tiempo logramos tener nuestro propio negocio; o a lo mejor de ser subalternos fuimos promovidos a jefes.  En todo caso, cuando estamos en situación de “superioridad” o de autoridad, debemos hacer prevalecer la justicia, no aprovecharnos del cargo, ni exprimir al débil, ni sofocar al necesitado.  Nuestra sociedad lamentablemente sufre numerosos abusos de parte de quienes ejercen cierto poder sobre los demás:  mucha gente ha sido estafada al comprar su vivienda, hay abogados falsos y los hay también con licencia real pero con actitud de mafiosos, muchos inmigrantes han sido engañados y abandonados a su suerte por los “coyotes”, y no hagamos lista de la manipulación del pueblo y de las promesas incumplidas de los políticos, los intereses de las tarjetas de crédito nunca dejan disminuir el capital, vehículos vendidos en mal estado, prestamistas ambiciosos, usureros, niños abusados por adultos, esposas maltratadas por sus esposos, empleados que nunca pasan de ganar el salario mínimo, etc.   Lo que más duele es el silencio de muchos cristianos, la falta de astucia para lograr relaciones justas.  Es necesario, como hacía el profeta Amós y todos los profetas, denunciar, señalar lo que no está bien, protestar, apoyar la demandas de justicia y de derechos.
                      Debemos administrar adecuadamente lo que Dios nos ha dado, de modo que El no tenga que retirarnos su confianza.  Y si hemos fallado, sabiendo que Dios es misericordioso, después de expresar un arrepentimiento sincero, ayudemos a otros a hacer más liviana su carga, su pasado negativo, su deuda con la vida, para que les sea más fácil acercarse a Dios.
                      Finalmente, como recomienda Pablo, oremos por los que nos gobiernan o tienen cualquier tipo de autoridad, para que lo hagan con criterios divinos.  Por nuestra parte elijamos servir a Dios promoviendo relaciones de justicia, siendo nosotros mismos justos y no viviendo esclavizados ni alienados por el dinero ni las cosas materiales.


                      Bendiciones para todos.

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                      Domingo 15 de septiembre de 2013
                      17o. después de Pentecostés

                      Lecturas Bíblicas:

                      1. Libro del Exodo   (32: 7-14)
                      2. Salmo 51: 1-11
                      3. Primera Carta a Timoteo    (1: 12-17)
                      4. Evangelio de Lucas (15: 1-10)
                      "Todos los que cobraban impuestos para Roma y otra gente de mala fama se acercaban a Jesús, para oírlo. Los fariseos y los maestros de la ley lo criticaban por esto, diciendo: —Éste recibe a los pecadores y come con ellos.     Entonces Jesús les dijo esta parábola: «¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las otras noventa y nueve en el campo y va en busca de la oveja perdida, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, contento la pone sobre sus hombros, y al llegar a casa junta a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido.” Les digo que así también hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.     O bien, ¿qué mujer que tiene diez monedas y pierde una de ellas, no enciende una lámpara y barre la casa buscando con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, y les dice: “Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que había perdido.” Les digo que así también hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se convierte.»"

                      Reflexión para la Homilía
                      Una de las características de la predicación de Jesús, a mi criterio la más importante, es la novedad en cuanto a la comprensión de la relación de Dios con el ser humano.  Antes prevalecía la creencia generalizada en un dios temible, justiciero, vengador, colérico, celoso.   Obviamente esas ideas sobre Dios eran el producto de un contexto socio cultural que aún necesitaba evolucionar.  La idea que se tenía sobre Dios era un reflejo del actuar humano, especialmente relacionado con el actuar de los reyes y de todos aquellos que tenían cualquier tipo de autoridad sobre los demás.  A lo largo del Antiguo Testamento encontramos textos en los que se presenta a Dios enojado, enfadado con su pueblo, dispuesto a castigar.  En el texto bíblico de hoy, Exodo 32: 7-14 leemos con asombro que Moisés intercede ante Dios por su gente y lo convence de que no los castigue.  Es decir, una cosa es la imagen de Dios que se enseñaba al pueblo antes de Jesús, y otra muy diferente es la imagen real de Dios que el mismo Jesús vino a enseñar.  A diferencia del Antiguo Testamento, en el Nuevo Testamento, especialmente en los Evangelios, se habla de Dios como Padre, que perdona, que es paciente, tierno, bondadoso, compasivo, etc.  Es el Dios que siempre está dispuesto a ver al ser humano como su creatura y no como su esclavo.   Y por eso la relación entre ambos no es de un Ser Superior Todopoderoso y Temible a uno inferior e insignificante.  Según Jesús, la relación entre Dios y el ser humano es de un Padre amoroso a un hijo o hija que confía totalmente en El sin temor alguno.
                      Lamentablemente, todavía hay mucha gente, incluso en las comunidades cristianas, que sigue teniendo en su mente y en sus actitudes la imagen de Dios como juez temible y castigador, y por lo mismo todo lo que dicen, piensan y hacen está cargado de miedo al castigo, al infierno y a la cólera de Dios.  En otras palabras, tratan de ser buenas personas y buenas cristianas, pero no lo hacen por convicción ni por amor a Dios, sino por miedo a la condenación eterna.  Hasta allí, incluso, se podría justificar que mientras no dañen a nadie no hay por qué juzgar su modo de entender a Dios.   El problema es que esa mentalidad y esa actitud temerosa, no solamente les daña a ellos mismos en su psicología propia, en su autoestima, en sus proyecciones de vida, sino también perjudica a otras personas, especialmente a los más cercanos, porque quien vive convencido de que Dios es juez castigador, fácilmente se convierte también en acusador y juez de los demás,  y con la misma facilidad cae en la tentación de pasarse la vida pendiente de lo malo que hacen los demás.  Un mal concepto de Dios trae como consecuencia una religiosidad fanática y distorsionada, y todo fanatismo religioso es dañino porque tiende a ver en todo y en todos al pecado, al mal, al demonio, etc.
                      Para que cambiemos definitivamente ese esquema mental sobre Dios, Jesús nos enseñó hace algunos domingos que Dios no es nada de lo que creemos según nuestros conceptos humanos.  Dios es diferente, es Padre, es bueno, es cariñoso.  Y en el evangelio de hoy nos pone el ejemplo del pastor de ovejas, para que comprendamos, con conceptos humanos pero diferentes que Dios se interesa por nosotros y comprende nuestras debilidades, teniéndonos paciencia y perdonándonos cada vez que reconocemos nuestras equivocaciones.    De una actitud así, también tenemos a nivel humano muchos ejemplos, uno de ellos es el amor de una madre por sus hijos, a los que quiere, protege y defiende, aun a sabiendas de que sus hijos no son precisamente unos angelitos.  A una señora cuyo hijo fue expulsado de la escuela por mala conducta, le escuché decir con cierto orgullo:  “Si usted dice que mi hijo es un diablo, aquí está la mamá del diablo”.  Si a nivel humano se da tanto amor por un hijo descarriado, imagínense cuanto amor se da a nivel divino.
                      Cuando entendemos a Dios de manera distinta, no como Juez sino como Padre que perdona, nuestra actitud hacia El también cambia, y lejos de pensar en que podemos hacer lo que nos dé la gana pues de todos modos El nos perdonará, empezamos a tratar de ser mejores en todo lo que pensamos, decimos y hacemos, pues queremos agradar a Quien nos ama tanto, y ya no lo hacemos por miedo, sino por amor de verdad.  Y otro cambio importante que sucede en nosotros es que nos volvemos más comprensivos y tolerantes con los demás, dejamos de perseguirlos y de juzgarlos, y los aceptamos como son, y se nos hace fácil perdonarles cuando nos ofenden, pues estamos en capacidad de entender sus motivaciones y el por qué de sus actitudes.   El que es amado,  se dedica a amar.

                      Bendiciones para todos.



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                      Domingo 8 de septiembre de 2013
                      16o. después de Pentecostés

                      Lecturas Bíblicas:



                      1. Libro del Deuteronomio   (30: 15-20)
                      2. Salmo 1
                      3. Carta a Filemón    (1-21)
                      4. Evangelio de Lucas (14:1, 25-33)
                      "Mucha gente seguía a Jesús; y él se volvió y dijo: «Si alguno viene a mí y no me ama más que a su padre, a su madre, a su esposa, a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun más que a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no toma su propia cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. Si alguno de ustedes quiere construir una torre, ¿acaso no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? De otra manera, si pone los cimientos y después no puede terminarla, todos los que lo vean comenzarán a burlarse de él, diciendo: “Este hombre empezó a construir, pero no pudo terminar.” O si algún rey tiene que ir a la guerra contra otro rey, ¿acaso no se sienta primero a calcular si con diez mil soldados puede hacer frente a quien va a atacarlo con veinte mil? Y si no puede hacerle frente, cuando el otro rey esté todavía lejos, le mandará mensajeros a pedir la paz. Así pues, cualquiera de ustedes que no deje todo lo que tiene, no puede ser mi discípulo.» 


                      Reflexión para la Homilía
                      Dependiendo del lugar y de las circunstancias en que nacimos, crecimos y vivimos, fuimos criados, cuidados y educados por nuestros padres para que nos fuera bien, y aun cuando a veces no nos gustaba lo que nuestros padres hacían por nosotros o con nosotros, nos tocaba aceptar sin más el argumento de "es por tu bien".  Hasta que un día, habiendo llegado a la mayoría de edad, finalmente adquirimos el derecho legal de tomar nuestras propias decisiones y de elegir lo que nosotros queríamos ser y hacer, aunque no tuviéramos ni los recursos ni la experiencia para afrontar lo que se nos venía encima.
                      Eso mismo hace Dios con nosotros.  No solamente nos creó, nos dio vida y nos puso en este universo y en este planeta, sino que también nos proveyó de padres, familiares, amigos, casa, comida, medicinas, etc., es decir, nos dio lo necesario para nuestro cuidado, a lo largo de nuestra etapa infantil y juvenil.   Cuando ya hemos recorrido una parte de nuestra vida, y hemos adquirido conocimientos humanos, psicológicos, científicos, históricos, espirituales, etc., Dios nos recuerda que nos creó libres para elegir y nos da la opción de hacerlo.  Cuando Dios nos creó nos hizo a su imagen y semejanza, es decir, inteligentes, con capacidad de pensar y de decidir, y con capacidad de amar y transformar nuestro entorno.  Dios no hizo al ser humano como un títere al que podría manipular a su antojo.  Nos hizo libres.  Y por lo mismo, aun siendo El nuestro creador, nunca nos obliga a hacer lo que El sabe que es bueno para nosotros, más bien siempre espera que seamos nosotros los que decidamos qué vamos a hacer con nuestra vida.
                      Hay gente que, cuando le va mal, culpa a Dios de su situación argumentando que esa es la voluntad de Dios.  Falso.  Lo que nosotros hacemos, lo decidimos nosotros mismos, y el resultado de eso que hacemos no es la voluntad caprichosa de Dios sino la consecuencia de nuestras decisiones.  Por lo tanto, si queremos buenos resultados, tomemos buenas decisiones.  Las opciones no son muchas, son exactamente dos:  elegir el bien, o elegir el mal.  Obviamente todos queremos el bien, nadie quiere el mal.  El gran problema es saber distinguir entre el bien y el mal, y aquí entran en escena los conceptos y condicionamientos que aprendimos en nuestra infancia y juventud.  Nos enseñaron que el bien es todo lo que nos da satisfacción, alegría, comodidad, abundancia, paz, etc.  Y nos enseñaron que el mal es todo lo que nos estorba para vivir bien,  lo que nos incomoda, lo que nos limita, etc.  Los conceptos sobre el bien y el mal son muy relativos a nivel humano.
                      Por eso, para los cristianos, el mejor parámetro para saber lo que es el bien, lo encontramos en la enseñanza y en la manera de actuar de Jesús de Nazareth.  Para Jesús, el bien es la dedicación permanente a buscar el bienestar y la felicidad de los demás.  Es el mismo concepto que en la Biblia define al amor.  En cambio el mal es todo aquello que separa a unas personas de otras y obstaculiza su búsqueda del bienestar y de la felicidad.  Y curiosamente en cuanto a elegir entre el bien y el mal, Jesús es exigente y radical:  "el que no me ama más que a....    no puede ser mi discípulo..."   Son palabras duras.  Pero es que el bien no se puede elegir a medias.  No se trata de que elijamos ser medio buenos, o a ratos buenos y a ratos malos.   El cristiano, elige cada mañana al despertarse, ser bueno, hacer bien todo lo que hace, porque sabe que de eso depende el bienestar y la felicidad de los suyos y de los demás.
                      En sentido práctico, nos pueden servir los siguientes ejemplos:

                      • Cuando usted elige unir su vida a la de otra persona (matrimonio) es porque ama a esa persona y está en la disposición de dedicar su vida entera a procurar el bienestar y la felicidad de esa persona y de las personitas que vendrán después a su vida.  Jesús dice que primero hay que sentarse para calcular si ese proyecto es posible, es decir, para saber si hay suficiente amor y suficiente intención y determinación para que esa elección no se frustre desde su comienzo sino que supere todas las dificultades.
                      • Cuando usted elige sus amistades, no lo hace para obtener provecho de ellas sino para compartir cualidades, experiencias y beneficios.  Pero se mantiene libre de apegos para que cuando una de esas amistades distorsione el sentido de la amistad, usted rectifique y si es necesario elija terminar con esa amistad por muy simpática que sea.
                      • Antes de comprometerse en algo, parezca fácil o complicado, evalúe si tiene las posibilidades para realizarlo. Si no es así, no prometa ni se comprometa.  Cuántas decepciones nos ahorrarían los políticos si hicieran esto antes de iniciar su campaña proselitista.   Cuando usted se comprometa en algo, la persona o las personas con quienes se comprometió, tienen una gran expectativa en usted.  Cúmplales, pues así los hará felices.
                      Podríamos poner muchos ejemplos.  La idea fundamental es que el cristiano siempre elige el bien, aunque cueste, aunque duela, y es perseverante, se mantiene firme, no se echa para atrás cuando lleguen las dificultades.  "Sólo los amados aman" afirma el padre Larrañaga.  Y a los que eligen seguir a Jesús haciendo siempre el bien, no les faltará la gracia y la asistencia de Dios para perseverar en lo bueno y superar cualquier desánimo.  Si elegimos siempre el bien, seremos discípulos, seguidores y amigos de Jesús.   Bendiciones para todos.







                      Domingo 1 de septiembre de 2013
                      15o. después de Pentecostés

                      Lecturas Bíblicas:

                      1. Libro del Sirácida o Eclesiástico (10: 12-18)
                      2. Salmo 112
                      3. Carta a los Hebreos (13:1-8, 15-16)
                      4. Evangelio de Lucas (14:1, 7-14)
                      Sucedió que un sábado Jesús fue a comer a casa de un jefe fariseo, y otros fariseos lo estaban espiando.  […]
                      Al ver Jesús cómo los invitados escogían los asientos de honor en la mesa, les dio este consejo: -Cuando alguien te invite a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, pues puede llegar otro invitado más importante que tú; y el que los invitó a los dos puede venir a decirte: "Dale tu lugar a este otro." Entonces tendrás que ir con vergüenza a ocupar el último asiento. Al contrario, cuando te inviten, siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te invitó, te diga: "Amigo, pásate a un lugar de más honor." Así recibirás honores delante de los que están sentados contigo a la mesa. Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido. 
                      Dijo también al hombre que lo había invitado: -Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; porque ellos, a su vez, te invitarán, y así quedarás ya recompensado. Al contrario, cuando tú des un banquete, invita a los pobres, los inválidos, los cojos y los ciegos; y serás feliz. Pues ellos no te pueden pagar, pero tú tendrás tu recompensa el día en que los justos resuciten.

                      Reflexión para la Homilía
                      Es evidente que vivimos en un mundo competitivo, donde cuenta mucho la eficacia, la eficiencia, la productividad, ganar, sobresalir, hacer carrera, ascender, ser promovido, “ser alguien”.  Desde niños, tanto en el hogar como en la escuela, se nos motiva y hasta se nos obliga a competir contra los demás, e incluso somos comparados con otras personas, ya sea para elogiarnos o para presionarnos a ser mejores que esas personas.  La televisión nos muestra constantemente los “reality shows” y los programas de talentos, donde hasta los niños tienen que pasar por episodios emocionalmente dolorosos cuando son eliminados de la competencia.  Esos eventos humanos son parte de nuestra vida y los vivimos como algo normal, aun cuando muchas veces fracasamos,  nos toca perder, o producimos resultados pobres, o somos descalificados, o incluso humillados, y en vez de “ser alguien” terminamos siendo “nadie”, caemos en la insignificancia existencial, y lamentablemente dentro de los perdedores, no faltan las personas que carecen de la capacidad para superar los fracasos y sucumben incluso perdiendo su propia vida.  Por otro lado, hay también quienes no quieren perder de ninguna forma, y entonces procuran el éxito de cualquier modo, incluso deshonesto, y pasan por encima de otros y atropellan y aplastan a quien pueda representar un obstáculo para su carrera.   De modo que en la lucha vital por ganar, unos triunfan y aparentemente son felices, y otros pierden y sufren terribles tormentos de todo tipo, económicos, psicológicos, etc.

                      De este modo humano de vida, Jesús extrae una enseñanza práctica que suele ser identificada con la virtud y/o actitud de la humildad.  Es interesante que, para ser feliz en este mundo complicado, Jesús enseña que hay que darle vuelta a nuestro esquema mental, a nuestro esquema de valores y a nuestra práctica de cada día.  No se trata de vivir para competir, sino de hacernos competentes para vivir sin depender de premios, reconocimientos o recompensas, pues éstas nunca satisfacen la sed humana de triunfos.  No hay que interpretar esta enseñanza de Jesús como una resignación que nos llevaría a considerarnos irremediablemente poca cosa en relación con los demás.  Jamás Jesús habla de resignación.  Todo ser humano es grande e importante puesto que fue creado por Dios y puesto en la creación como su beneficiario y representante.  Lo que Jesús enseña es una correcta ubicación nuestra en los diferentes momentos de nuestra vida.  En vez de vivir angustiados buscando y empeñándonos en obtener los primeros lugares y el reconocimiento social, Jesús propone que vivamos serenos y sin angustias nuestra situación actual, en el momento y bajo las circunstancias que nos toque vivir, creciendo cada día en humanidad y espiritualidad, y esperando y construyendo pacientemente el ascenso a mejores niveles de vida humana. 
                      Doy un ejemplo sencillo y verídico:  muchos de nosotros seguramente quisimos “ser alguien” en nuestro país de origen y alguna vez incluso obtuvimos pequeños éxitos que nos hicieron sentir importantes.  Pero la vida misma (la situación económica, la inseguridad, el desempleo, etc.) nos quitó de donde estábamos bien instalados, y nos colocó en el último puesto, en la crisis, en la limitación, en la depresión, en la desesperación de no conseguir siquiera lo básico para vivir.  Entonces emigramos, solos, sin la familia, con tristezas y miedos bajo el brazo, y nos tocó empezar de nuevo, sin nada, de cero, desde abajo, desde el suelo, desde donde jamás nos imaginamos que íbamos a estar.  Y después de un tiempo corto o largo, de duros e indescriptibles esfuerzos, la vida misma nos invitó a pasar a un puesto mejor, a una mejor situación de vida, a reunirnos de nuevo con la familia, a disfrutar de un mejor nivel de vida, más digno, más humano, más feliz.
                      Entonces la enseñanza de Jesús nos ayuda a eliminar la angustia competitiva, a aceptar con paz y serenidad la situación que nos toque afrontar, a empeñarnos en mejorar y progresar, pero sin competir ni aplastar a nadie, y a prepararnos paciente y adecuadamente para recibir y disfrutar los mejores puestos que la vida misma nos ofrecerá.
                      Una última cosa:  incluir en nuestros éxitos a quienes no nos pueden recompensar, podemos entenderlo como, no apegarnos a la amistad y al afecto de la gente exitosa o “importante”, sino ofrecer nuestra ayuda y guía a aquellos que vienen detrás de nosotros buscando mejorar su vida, procurando minimizar su sufrimiento y acompañándolos con paciencia y entusiasmo en el camino de la vida, que nosotros ya recorrimos, hasta que la vida misma los invite también a ellos a ubicarse en situaciones más dignas.
                      Recordemos, entonces, esta semana:  no vivimos para competir, sino que nos hacemos competentes (adecuados) para vivir.  Nuestro modelo es Jesucristo, quien siendo Dios se hizo humano, para enseñarnos a pasar de la dimensión humana a la dimensión divina.   

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