Homilía Dominical de esta semana - Ciclo A, 2014

Domingo 26 de enero de 2014
Tercer Domingo después de Epifanía

Lecturas Bíblicas:
  •  Isaías 9: 1-4
  • Salmo 27: 1, 5-13
  • 1ª Corintios 1: 10-18
  •  Juan 1: 29-42
     Cuando Jesús oyó que habían metido a Juan en la cárcel, se dirigió a Galilea. Pero no se quedó en Nazaret, sino que se fue a vivir a Cafarnaúm, a orillas del lago, en la región de las tribus de Zabulón y Neftalí. Esto sucedió para que se cumpliera lo que había escrito el profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y de Neftalí,al otro lado del Jordán,
a la orilla del mar:Galilea, donde viven los paganos.
El pueblo que andaba en la oscuridad vio una gran luz;
una luz ha brillado para los que vivían en sombras de muerte.»

Desde entonces Jesús comenzó a proclamar: «Vuélvanse a Dios, porque el reino de los cielos está cerca.»    Jesús iba caminando por la orilla del Lago de Galilea, cuando vio a dos  hermanos:  uno  era  Simón,  también  llamado  Pedro,  y  el  otro Andrés. Eran pescadores, y estaban echando la red al agua. Jesús les dijo: —Síganme, y yo los haré pescadores de hombres.    Al momento dejaron sus redes y se fueron con él.     Un poco más adelante, Jesús vio a otros dos hermanos: Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en una barca arreglando las redes. Jesús los llamó, y en seguida ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.
Jesús recorría toda Galilea, enseñando en la sinagoga de cada lugar. Anunciaba la buena noticia del reino y curaba a la gente de todas sus enfermedades y dolencias.

Reflexión para la Homilía 
La clave para entender el mensaje del evangelio de hoy está en la prontitud o en la lentitud con que respondamos a Jesús cuando nos invita a seguirlo en las cosas cotidianas de nuestra vida.

Tenía unos 30 años Jesús cuando empezó a transmitir a sus vecinos y amigos lo que había venido preparando en su corazón desde hacía mucho tiempo, quizá desde niño.  Estaba consciente de que su Padre Dios le había encomendado una tarea, una misión, y era el momento de comenzar a realizarla.  Comenzó anunciando que el Reino de Dios ya estaba cerca, y luego dirá que ese Reino ya llegó, porque él mismo es el Reino de Dios.  Luego pone su mirada en algunos de los hombres que lo escuchan con atención cada vez que habla.  Probablemente les conocía desde hacía algún tiempo, y hasta les habría acompañado a pescar alguna vez.  El tampoco era ajeno para ellos.  Si hubiera sido un completo desconocido, difícilmente lo habrían seguido con tanta rapidez.  Así que cuando él los invita a unirse a él para que le ayuden en la tarea que le había encomendado el Padre Dios, los primeros discípulos viven un proceso de decisión que, ciertamente no fue largo, pero tampoco habrá sido algo repentino, de un día para otro.  Seguramente pensaron primero en los riesgos de dejar todo lo que tenían, que tampoco era mucho, para irse detrás de aquel hombre que parecía ser el Mesías que tanto habían esperado, aunque había aparecido de una forma suave y no impetuosa como ellos pensaban que lo haría.

Eran pescadores, oficio muy común en aquellos tiempos, que daba más para sobrevivir que para hacerse rico.   Algunos eran hermanos entre sí.  Eran jóvenes, podemos deducirlo por el mismo oficio de pescadores, que requería fortaleza física y buena condición para la movilización del transporte y del producto, sin olvidar que necesitaban pasar largas y calientes horas pacientemente bajo el sol antes de lograr su objetivo.  Alguna vez ya les había pasado, como cuenta el mismo evangelio, que habían pasado duras jornadas sin pescar nada.

Pero también eran jóvenes soñadores, impulsivos y hasta revolucionarios.   Conocían la historia de su pueblo, pues eran israelitas o judíos, y sabían que su pueblo vivía esclavizado por fuerzas políticas superiores, y tenían la esperanza basada en las profecías de la Biblia, que un día llegaría un Salvador, un libertador.  Ya habían tenido decepciones también, pues habían aparecido por allí varios líderes usurpando el papel de salvadores, pero sin éxito y por lo mismo acabaron muertos y se había derrumbado cualquier esperanza por parte de la gente.   Así que intentar ahora con Jesús era prácticamente comenzar de cero y con la incertidumbre de si acabaría igual o peor que en las ocasiones anteriores.  Pero decidieron arriesgarlo todo, porque amaban a su pueblo y deseaban la liberación política.   En el camino, mientras van siguiendo y conociendo a Jesús, se darán cuenta muy poco a poco, que la liberación de Jesús va más allá de ser un asunto político, lo rebasa, lo supera.

¿Qué dejaron los primeros discípulos cuando decidieron seguir a Jesús?  Lo primero que dejaron fue su familia, unos a su padre y otros a su esposa y tal vez hasta hijos.   El evangelio narra que Jesús curó a la suegra de Pedro, lo cual indica que Pedro tenía esposa o por lo menos estaba comprometido.  Suponemos que seguir a Jesús no los había apartado totalmente de sus familias, y que de alguna manera se mantenían cercanos y pendientes de los suyos.  Pero su prioridad era seguir a Jesús, conocerlo, entenderlo, captar su plan, apoyarlo y arriesgarlo todo por él.  También dejaron su trabajo de pescadores.  Jesús les cambió el oficio y les aseguró que en vez de peces pescarían personas, a las cuales anunciarían la llegada del Reino de Dios.

Entonces, la prontitud con que los primeros discípulos deciden seguir a Jesús, marca el tipo de respuesta que Jesús también espera hoy de parte nuestra. Ciertamente, nosotros fuimos bautizados, lo cual ya nos hace cristianos, discípulos de Jesús y nuestro nombre está registrado en los libros de alguna parroquia para que nadie lo dude.  Pero quizá todavía no hemos dado a Jesús la respuesta personal y definitiva.  Quizá la estamos postergando para otro momento.  Quizá no estamos dispuestos a arriesgar nada, porque a fin de cuentas ya no somos esclavos de nadie y suponemos que tampoco necesitamos quién nos salve.  Si decidimos seguir a Jesús tendríamos que renunciar a ciertas cosas que nos gustan, y no estamos dispuestos a eso, aun cuando sabemos que esos apegos nos hacen daño.  Allí está nuestra esclavitud, ya no es política, sino existencial, que es peor.

Imagine este diálogo entre Jesús y usted:
Jesús:              Ven conmigo.  Te voy a enseñar a vivir la vida de manera diferente.
Usted:              La verdad es que me siento bien así como estoy.  No quiero complicarme la vida.
Jesús:              ¿Crees que estás feliz así como estás?
Usted:              Pues, feliz feliz, no, pero podría estar peor.
Jesús:              De modo que te conformas con poco cuando podrías tenerlo todo.
Usted:              Por ahora estoy bien.  Talvez más adelante me decido a cambiar.
Jesús:              Entonces, ¿cuándo vas a empezar a ser plenamente feliz?
                         ¿Cuándo vas a poner en orden tu vida?
                         ¿Cuándo vas a tomar distancia de esa persona que te hace daño?
                         ¿Cuándo vas a estar más tiempo con tu familia?
                         ¿Cuándo vas a empezar a ser puntual y responsable en todo lo que haces?
                         ¿Cuándo vas a empezar a provisionar para tu futuro y el de tu familia?
                         ¿Cuándo vas a dejar de ser una persona vulgar y ordinaria?
                         ¿Cuándo vas a tirar al suelo tantos años de rencor envejecido?
                         ¿Cuándo vas a romper esa relación indebida con quien no es tu cónyuge?
                         ¿Cuándo vas a venir conmigo para aprender a vivir y a ser como yo?
Usted:              ¿?

Yo me imagino que para Pedro, Andrés, Juan y Santiago, tampoco fue fácil, aunque conocían de algún modo a Jesús.  Pero arriesgaron todo, y eso cambió sus vidas totalmente, rompió su rutina, y dio a sus existencias un sentido más profundo y más valioso.

Cada día necesitamos arriesgar nuestras seguridades, conscientes de que lo que recibiremos de Jesús supera a todo aquello a lo que estamos apegados.  El evangelio de hoy termina afirmando que Jesús recorría todos esos lugares, no sólo anunciando el Reino de Dios, sino también curando a la gente de todas sus enfermedades y dolencias.  Y es que Jesús no sólo pide, también da, da sanación en el interior de cada persona, libera de todo lo que esclaviza, de todo lo que causa dolor.   Y para vivir esa experiencia de liberación de angustias, de resentimientos, de recuerdos dolorosos, de incertidumbre, lo único que debemos hacer es tirar las redes, dejarlas, arriesgar, seguirlo y dedicar nuestra vida a vivir los valores del Reino de Dios y a  comunicarlo a otros para que también lo experimenten.

Bendiciones para todos.


1 comentario:

  1. Los ejemplos fueron certeros y directos a analizar situaciones que tengo que cambiar en positivo, gracias

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